Bastardo

David Núñez

2

“Pudiera ser, también, que Henry Morton Stanley no haya existido jamás, salvo en las enciclopedias y en discursos ebrios de progreso.”

José Ovejero, Biografía del explorador

10

La madre señalaba la puerta, con el dedo indicativo, y le echó en cara los años de infelicidad que le había acarreado. John recordaba sus gemidos, los diferentes hombres en la puerta y atisbaba la palabra que lo condenaría al exilio. Cuatro letras que la madre convirtió en una respuesta beligerante.

Cállate bastardo –dijo, con el llanto contenido.

John escuchó el llanto de su madre, los estertores que se desplegaban por años contenidos, y resonaron en su cabeza nombres sin sentido que traspasaban la noche con un subdirector escolar hasta la batalla de un irlandés por contener gemidos.

El hombre del cuadro no es tu padre. Ningún hombre quiso serlo.

John sintió como si lo despertaran.

Debería haberte abortado.

12

El reportero guardó sus apuntes. Supo que había encontrado la veta de John Rowlands.

Por su bastardía, en el parlamento aseguran que no debería ser caballero.

No conocí a mi padre, pero no soy un bastardo –explicó Henry, como si se excusara.

Pero, en sus papeles dice.

Hijo, si quieres que la plática continúe, tienes que cambiar tu tono –dijo Henry, con el bastón en la mano.

Está bien, háblame de cómo llegó a América.

4

La hoja blanca, con el sello imperial en la extrema izquierda y un membrete hospitalario, se llenaba de datos conexos con la surcada caligrafía de tiempos remotos.

- ¿Nombre?

- John Rowlands.

- ¿Fecha de nacimiento?

- 23 de enero de 1841.

- ¿Lugar de nacimiento?

- Denbigh.

- ¿Gales?

- ¿Conoce otro Denbigh?

La mujer, de edad avanzada y mirada severa, arqueó la pluma con furia; escribió mal el nombre del poblado.

- ¿Nombre de la madre?

- Elizabeth Parry.

- ¿Edad?

- 19 años.

La funcionaria, con cofia blanca, observaba a la madre primeriza, las manos inquietas, la mirada evasiva.

-¿Padre?

- Murió hace unas semanas.

- ¿Nombre del padre?

- John Rowlands.

La madre dudó. Meditó si era John, Jack o Julian Rowlands. Sus padres le decían Jack, su hermana menor le decía Johnny, ella le decía Row, su apellido sonaba a desbandada de pájaros, a tierras deshabitadas.

Pudo haber sido Henry Sawyer, el vecino de ojos azules.

La supervisora vio la cuna y se acercó. Observó los rasgos de roedor cubiertos con una tela azul, los ojos negros.

El primer mes creía que había sido el subdirector Clark –monologaba la madre sin ser escuchada- sus manos ágiles lo introdujeron en mi cuarto. Después revisé un calendario; eso ocurrió antes. El tercer mes creí que era hijo de Gabriel. Las fechas coincidían, pero el instinto femenino, usted me entiende, me dijo que no, de todos modos, cuando nació revisé que no fuera patizambo.

La enfermera no podía verle las piernas, los pies permanecían ocultos en el entramado de la tela; se aflojó el cuello y buscó la ventana, que permanecía abierta, con barrotes.

Cuando murió Rowlands supe que él era el padre, aunque el último mes pensé que era hijo de Michael McCann, el irlandés, con sus labios de luchador, ojos de luchador, puños de luchador. Pero recordé que él llegó en época de sequía.

La secretaria observaba los rasgos de roedor, los ojos negros, la boca entreabierta que asemejaba una sonrisa, las piernas ocultas, zambas, tomó el folio y revisó que no quedara ninguna forma por llenar; al final anotó, con letra estilizada, “bastardo”.

13

La primera vez que escuchó el nombre se dio cuenta que algo en él le atraía. La sonoridad, tal vez la idea de aristocracia inglesa, tal vez que era un nombre demasiado americano. Cuando decidió tomar prestado su nombre, decidió que sólo sería Henry Stanley. El segundo nombre, Hope, lo sintió demasiado católico y lo transformó por Morton.

La única ocasión en que le preguntaron si tenía un parentesco lo negó, el hombre seguía vivo y lo podía desconocer.

5

Elizabeth, se llamaba. Tenía 18 años, el mentón afilado y comezón en la ingle derecha. Caminaba rápido, con las dos manos sobre las viandas del vestido y la cara preñada de enojo. Recordaba la conversación con su padre.

Señorita, súbase a cambiar –escuchó, firme, cuando abría la puerta. Se detuvo en seco y despreció las preguntas constantes hasta que escuchó- ¿Pensabas salir en ropa interior?

No son calzones –subrayó la palabra, segura de que a él le incomodaría escucharla- es un vestido, no se ven las piernas.

¿Vestido? Casi se le ve la rodilla. Eso es ropa interior, como la de su tía.

Elizabeth lo vio con detenimiento y soltó la carcajada. La madre caminó hacia la cocina, lo más rápido que pudo, y los escuchó detrás de la puerta.

Se me cambia en este momento –gritó Moses Parry- en esta casa, las mujeres no se visten como putas.

Elizabeth escuchó la palabra como sentencia y abrió la puerta de la casa. Las llaves en la bolsa, 20 chelines en cambio y la carta que le escribió Julian.

Elizabeth caminaba rápido, lo más rápido que se lo permitía un vientre que mutaba por día. Sentía las lágrimas que caían sobre su rostro. Iba de regreso a casa, para que su padre la abrazara; su madre lloraría, como costumbre. De pronto, escuchó un grito que se colaba y vio las espuelas de un caballo que la esquivaban. Se limpió la cara destilada y dudó si regresar a casa o visitar a Henry Sawyer.

15

Henry Parker esperaba, plantado frente a la puerta de madera con el número 96, con el puño rígido, rozando el pantalón, con la mueca de tocar la puerta como reflejo. Esperó bajo un farol de luz blanca, con el abrigo café deshilado. Se escuchó el cerrojo que giraba, la llave pegada a la perilla y un hombre de dorso prominente abrió la puerta.

¿Henry Morton Stanley? –preguntó Henry Parker.

Sí –dijo el hombre y sintió cómo un puño le sumía la nariz.

8

Las dos manos rociaban, alternadas, leche en una cubeta. Una hilera de vapor ascendía entre la noche y John cantó una canción, mientras su madre le gritaba algo, ilegible.

1

“Todas las cosas que se decían sobre él estaban siempre en contradicción entre ellas mismas, de manera que era imposible saber cuáles eran ciertas y cuáles falsas y cuánto había en las ciertas de exageración y fantasía. Era uno de esos hombres incapaces de diferenciar la realidad de la ficción. […] ¿Quién había sido en verdad este campeón del Imperio británico y las ambiciones de Leopoldo II? Roger estaba seguro de que el misterio no se develaría nunca y que su vida seguiría siempre oculta detrás de una telaraña de invenciones. ¿Cuál era su verdadero nombre? El de Henry Morton Stanley lo había tomado del comerciante de New Orleans que, en años oscuros de su juventud, fue generoso con él y acaso lo adoptó. Se decía que su nombre real era John Rowlands, pero a nadie le constaba. Como tampoco que hubiera nacido en gales […]”.

Mario Vargas Llosa, El sueño del celta

7

John corrió hacia el cobertizo, olvidó las ubres lactantes y abrió la puerta con fiereza, con las dos manos. Escuchó el llanto embestido de la madre y la vio tendida en el suelo. John se detuvo en la puerta y sintió el frío de una lejana tarde de invierno, cuando la escuchó sollozar por vez primera, recostada sobre la cama, con una foto adherida al pecho y los zapatos puestos.

Elizabeth abrió los ojos, empañados en lágrimas, y observó a su hijo recargado en la puerta, con un carrito de madera en la mano y, sin poder gesticular una frase, le pidió que se acercara con un movimiento de mano que a John lo mantuvo en la cornisa de la puerta, asustado. La madre vio los rasgos de su hijo, el pelo lacio que caía sobre la frente y se aferró a la imagen que tenía del único hombre que amó. Lloró sin recelo, sujeta la mano a una carta imperial, y esperó el cuerpo una semana, hasta que un lunes a mediodía abrió el baúl de madera, sacó un pantalón café y una camisa blanca, que es como ella lo recordaba, la extendió sobre la cama e intentó rezar.

Su madre continúo saludando cada mañana al retrato, recostado en un espacio de la cama que, ella, jamás invadiría; otros hombres, sí.

John observaba el cuchillo en el piso y caminaba lento hacia ella, la abrazó y sintió el pecho que se sacudía bajo su mano, un par de lágrimas se escurrían entre la ropa; escuchaba los sollozos lejanos, cual oleaje.

6

El reportero observó cómo Henry bebía un trago largo y supo que tenía una historia.

Su madre se llamaba Elizabeth.

Eso dicen.

Nació en Gales y vivió algunos años en Denbigh. Cuéntenos de esa época.

Era muy chico, no hay mucho que contar.

Antes del orfelinato, ¿cómo era su vida?

Henry recordó diferentes pasados, para él todos reales.

16

Sara se aleja llorando, se encierra en su cuarto, llora, ve la foto con sus papás, avienta un par de cosas y patea la puerta, maldice y se sienta enfrente de la computadora, prende el monitor y la luz se refleja sobre el rostro oscurecido por la noche. Dos veces ha dicho que no quiere cenar, dos veces ha tocado su madre la puerta, su padre no ha regresado. Ella sigue revisando su red social, desconecta la laptop y camina hacia su cama. Se sienta sobre el edredón naranja y prende la luz tenue de 60 watts. La computadora titila con conversaciones simultáneas y fotografías. Abre una página. Teclea. Google. La página blanca, con la extraña palabra en letras verdes, rojas y amarillas, se despliega. Teclea, con calma, como si buscara las letras en el teclado. B a s t ardo.

La computadora despliega sitios, vínculos a la palabra bastardo.

1.- Bastardo (hijo) – Wikipedia, la enciclopedia libre

es.wikipedia.org/wiki/Bastardo_(hijo)

Se llama bastardo al hijo nacido fuera de matrimonio o ilegítimo, de padre desconocido. Los bastardos han sido siempre considerados como inferiores a los…

2.- Bastardo – Wikipedia, la enciclopedia libre

es.wikipedia.org/wiki/Bastardo

El término bastardo o bastarda puede hacer referencia a los siguientes artículs en Wikipedia: Bastardo, dícese del hijo nacido fuera de matrimonio o ilegítimo…

Abre la primera acepción. No lee las primeras palabras, automáticamente entra al sitio electrónico y lee con premura, como si su destino estuviera contenido en la palabra.

“Se llama bastardo al hijo nacido fuera de matrimonio o ilegítimo, de padre desconocido. Los bastardos han sido siempre considerados como inferiores a los hijos legítimos y algunas veces tratados con el mayor rigor. En el Génesis vemos que Sara dijo a Abraham hablando de Ismael…”

Sara relee su nombre. Es un nombre de bastarda, piensa. Sus padres lo sabían, lo hicieron por fastidiarla. Voltea a ver la puerta con odio y empieza otra vez a leer.

“Se llama bastardo al hijo nacido fuera de matrimonio o ilegítimo, de padre desconocido. Los bastardos han sido siempre considerados como inferiores a los hijos legítimos y algunas veces tratados con el mayor rigor. En el Génesis vemos que Sara dijo a Abraham hablando de Ismael: no ha de ser el bastardo o hijo de la esclava heredero con mi hijo Isaac. En el Deuteronomio leemos: tampoco el bastardo podrá entrar en la iglesia del señor hasta la décima generación.”

Sara ve, con las cejas ceñidas, los siguientes párrafos sin leer, sólo captando nombres que no le significan nada. Pericles, Anaxágoras, cinco mil condenados, leyes de Solón, el placer su única recompensa, romanos, leyes de las doce tablas, Justiniano, cristianismo, Anastasio, abolieron esta legitimación, concubinato.

Una mierda –dijo, no acostumbrada a decir groserías- no somos romanos.

De pronto se detiene sobre un párrafo. “Atenas, madre de la ciencia y de la ilustración y Roma, cabeza y ornamento del universo, fueron edificadas por dos bastardos, según la leyenda.” Abre un documento de Word y anota tres palabras. Regresa a la página blanca con el logo terráqueo de la enciclopedia virtual.

Lee nombres sin sentido. Regresa a google y escribe, al lado de la palabra bastardo, “hija”. Aparece.

3

El hombre presintió el peso del látigo sobre su piel. Los músculos se tensaron, soportó su peso contenido y se esforzó por liberarse. Aunque lloviznaba, sentía la garganta seca, la lengua paladeaba saliva y esperó que el chicote no continuara restallando.

¿En qué dirección está el lago Nyanza? –gritó Henry Morton Stanley- tradúcelo.

El intérprete, rasgos de ébano y lengua bífida, habló en burundi.

El negro vociferó.

Dice que es tierra de dioses–repitió el traductor- que ustedes no pueden acercarse.

Stanley reía; ante el silencio, autorizó.

El africano sintió el peso de la cuerda sobre su piel, los azotes se crisparon hasta lastimar la epidermis y los gestos se endurecieron en un lastimero aullido.

Dile que lo preguntaré por última vez –aclaró Stanley con la mano sobre su machete -¿dónde está Emin Pasha?

El negro, atado a un árbol y con la espalda flagelada, calló. Una carcajada se entrometió, los gendarmes sonrieron y un explorador desaprobó los métodos, en silencio.

Stanley se acercó a una mujer joven de rasgos estilizados, con la espalda repleta de miedo y tatuajes aristocráticos; escuchó sus gritos y vio cómo trataba de aferrarse a su madre, que lloraba en el suelo. La fogata serpenteaba sobre los rostros de los africanos, sobre la nariz extendida, los labios congestionados, los ojos color pánico mientras el negro se sacudía, sin soltar el árbol. Stanley arrastró a la esposa del cacique, desenvainó el machete con el que zanjaba selvas y lo blandió.

La mujer observó su brazo, contrahecho. Una punzada ardiente le atravesó el brazo y un par de lágrimas le rodearon la nariz oscura, mientras una gota mayúscula brotaba del canto afilado. Berreaba, conteniendo la sangre que escurría sus senos desnudos y una falda en hilachas. Los conquistadores miraron estupefactos a Stanley, sosteniendo el brazo de maniquí como trofeo, y el negro se convulsionó con la espalda deshecha.

Los gritos se desvanecieron en aullidos de antropoides; la selva se quedó en silencio.

Pregúntale, cómo llegar –dijo Henry Morton Stanley, inquieto; no recordaba la época en que lo llamaban John Rowlands.

9

Henry Morton Stanley observó el vaso esmerilado permaneció ensimismado.

¿Algo que recuerde? –lo interrumpió el reportero del New York Herald.

No mucho –respondió Henry, escueto -eso fue hace muchos año, hijo.

Hablemos de su envestidura. Es un gran honor para un británico como usted, pero algunos no desean armarlo caballero.

Son pocos los que no aprueban la noción. La mayoría conoce mis logros, los viajes por África –dijo Henry- recuerde que fui el primer occidental en cruzar el continente, en encontrar el afluente del río Congo.

Sí, pero –trató de interrumpir el discurso reiterado.

Cuando llegué era un pueblo de salvajes.

Pero no quieren que pertenezca a una orden por su pasado, por ser bastardo.

Henry escuchó la palabra, con odio, y recordó, en tropel, ocasiones en las que le dijeron esa palabra, decisiva.

11

Cuando le preguntaron su nombre, respondió, con naturalidad, John.

Cuando le preguntaron su apellido, respondió, con naturalidad, que era de Gales.

Cuando le preguntaron su edad, respondió, con naturalidad, que tenía trece años.

Cuando le preguntaron sobre sus padres, no respondió.

Cuando le preguntaron por su padre, soltó golpes.

Cuando le preguntaron por su madre, despreció a las mujeres y se excitó.

14

John caminaba por el río, sentía los pies húmedos y escuchaba el oleaje en eco, con la rutinaria satisfacción de quien ha escuchado más veces el río que voces. Esa vez no escuchaba el agua, pensaba en los años perdidos, en los días que se esfumaron. Sintió una piedra que le permitiría elevarse y observó la granja por última vez.

Mary no estaba. John se sintió huérfano y se dio cuenta que necesitaba un nombre.

60

Henry abrió los ojos. Pestañeo repetitivo, con lentitud, como si los párpados permanecieran infectados de noche. Introdujo la mano tibia entre los pantalones y se rascó los testículos con furia, por la falta de uso. Con la otra mano se acariciaba la cara, llevaba cuatro días sin rasurarse y no sabía si se bañaría o se quedaría otra hora en cama. La luz estaba apagada, un rayo de luz se colaba entre las cortinas, plantando un haz blanquecino sobre la pared y sintió la humedad de la selva en Nueva York. Afuera, nevaba.

13

John huía del Asilo de Pobres de la Unión de Santo Asaph, John huía de los patios de juego, John huía de los horarios del comedor, John huía de oficina del director con fotos de bisontes y símbolos de águilas calvas, John huía de la enfermería que tejía niños, John huía de la cocina con olor a manteca, John huía de la lavandería con olor a cloro, John huía de los pasillos, huía de las manos violentas del subdirector Clark, huía de los juegos tétricos de Herbert y Samuel, huía de la mirada distante de la cuidadora, huía de las mañanas de examen con aroma a varillas de abedul, huía de las sotanas, huía de los muros, huía de las ventanas con barrotes, huía de St. Asaph Union, huía de Gales, huía de que lo llamaran bastardo, John huía y creía, que si corría lo suficientemente rápido, si viajaba lo suficientemente lejos, podría huir de sí mismo.

33

El mesero entró con el whisky, lo acomodó en la mesa y se retiró, silencioso.

Después de obtener su nombre, se enroló en la guerra civil, si mal no recuerdo primero peleó con los confederados. ¿Qué me puede platicar de esos años?

Fue una guerra, no hay mucho de qué hablar.

Henry le dio un trago y sintió cómo el alcohol surtía efecto y los recuerdos se apelmazaban.

47

Henry Parker caminaba entre los árboles, escudándose entre los árboles, escuchando el sonido de los árboles que silenciaba las balas. Escuchó el estallido de un cañón sobre la maleza de Tennessee. Se detuvo en seco y giró, vio la empalizada, el polvo que ensombrecía el trayecto y empezó a trotar, antes de que la pólvora impidiera mantener los ojos abiertos. Faltaba poco. De pronto, se detuvo. Escuchó las voces aflautadas de los norteños y aventó su maleta café lo más lejos que pudo.

46

¿Es dura la guerra? –preguntó el reportero, harto de los silencios del explorador gales.

Sí –dijo Henry, escueto.

¿Después qué pasó?

Conocí a James Gordon Bennett Jr. y me convertí en reportero –aclara Henry, con el cigarro en la mano- cubrí las guerras entre indios y vaqueros en el mediano oeste.

He leído los reportajes, son impecables.

Gracias –dijo Henry, acostumbrado a los halagos- Pero miento, eso fue después, antes trabajé en el barco Minnesota, al final de la guerra civil. Eso fue pocos años antes de África, de eso deberíamos de hablar.

12

Samuel lo observaba, con cara ensangrentada y la nariz hueca de puñetazos. Trataba de zafarse de su peso muerto, de las rodillas que le adormecían los brazos, y profería el nombre de su hermano como salvación.

John blandía los puños, los dedos permanecían estáticos, rígidos, con las uñas aferradas a la palma, sintiendo cómo las gotas rociaban el rostro desencajado… hasta que el grito disilábico, Her-bert, que recorría los pasillos de la escuela y las literas vacías, lo reanimó.

Observó la cara triturada de Samuel, los brazos fofos, las lágrimas que se convertían en quejidos y la sonrisa de Phillip, que lo veía a lo lejos. Cuando llegó Herbert, John estaba de pie. Se vieron como cabríos y reconocieron fuerzas.

¿Qué pasó? –le gritó Herbert a Phillip.

John caminó hacia la puerta, Samuel se atragantaba de mocos y sangre.

Le dijo bastardo –reveló Phillip, temeroso de una golpiza.

Era un chiste – denunció Samuel, entre lloriqueos –sólo un chiste.

64

Henry Morton corría por la selva, surcando árboles de ramas extensas y los ruidos que se colaban a sus pasos inquietos. Escuchaba el silbido de los negros, el aliento de bestias con aroma a humano. Levanta las piernas a la par y brinca una raíz que sobresale del suelo más de un metro, con la mano apoyada en el tronco. Henry Morton Stanley se impulsa y escucha como una lanza se clava en el árbol, el sonido de metal que vibra entre la madera lo hace correr un poco más rápido. El sol se oculta entre las copas de los árboles, las lianas que caen entre sonidos de insectos y la oscuridad que hace ver gestos inexistentes, Henry no teme a la oscuridad, se desenvuelve entre los sonidos de las bestias y corre con la adrenalina que le pone tiesa la verga mientras escapa. No escuchaba el grito de guerra de los quince africanos que lo perseguían. Detrás se quedaba un poblado en llamas y los cuerpos mutilados de sus compañeros. Esta vez había llegado demasiado lejos. Escuchó el zumbido de una flecha y continuó corriendo como si no temiera la muerte. En un morral llevaba su tesoro.

Corrió desesperado, entre los árboles se asomaba el cuarto de la choza en la que durmió la noche anterior. La choza era pequeña, con tejados de madera y suelo aplanado. Henry Morton se despertó sobresaltado. Aún era de noche y en la lejanía se escuchaban pisadas de animales contenidos por el fuego. Henry pasó la mano detrás de su nuca y observó las tejas interpuestas, los nudos que se hacían entre las ramas y la deformación creaba figuras inéditas. Henry se levantó y caminó entre su campamento. Recordó noches de secesión y los pasos que divagaban en noches de insomnio, entre respiración de hombres agotados. Escuchó la noche de Kenia y, entre ecos de Tennessee, se sintió tranquilo. En unas horas atacarían el templo. Si era cierta la información, en ella encontraría su tesoro.

La mañana amaneció nublada, a lo lejos, en un horizonte muy lejano el sol comenzaba a colarse en el cielo. Henry escuchó el despertar de sus hombres, el ruido de orines y un par de bromas a lo lejos. Se presentó impecable, con una camisa blanca y un pantalón pajizo, como explorador inglés. Los hombres lo vieron con admiración, mientras caminaba entre las tiendas y los cuerpos encorvados de pieles oscuras que preparaban el desayuno.

Henry Morton caminaba con un plan en la cabeza. Se reunió con sus capitanes, los mercenarios que había encontrado en la costa y les exigió que saquearan la aldea. Los hombres asintieron con rutina y empezaron a preparar sus armas. Henry Morton vio a los (donde murieron la mayoría de sus compañeros del primer viaje o del que más mueren)

10

John observaba sus puños adoloridos, las marcas del costillar de Phillip en los nudillos y escuchó en eco las alabanzas de Herbert, las palmadas se Samuel, la mirada sorprendida de Phillip que, en el suelo, no entendía por qué lo golpeaba hasta sacarle el aire.

John sentía deseos de vomitar pero corrió en estampida, por los pasillos que Herbert gobernaba, y se sintió seguro.

35

¿Te enteraste del ataque a Fort Summer, Henry?

No –respondió John, sin habituarse a su nuevo nombre, y escuchó de la derrota de los confederados.

¿Supiste que el presidente del norte, Abraham Lincoln reclutó un ejército voluntario en cada estado del Sur?

No –respondió Henry y escuchó del avance unionista.

¿Te enteraste que Virginia, Kentucky, Delaware y Misouri se aliaron con el norte?

No –respondió Henry Morton.

También Maryland –lo interrumpió con un parche en el ojo.

Henry Morton Stanley lo escuchó. Pensó qué hacer antes de que la guerra terminara. Pensaba en las prisiones en el norte y sentía temor, las ventanas eran pequeñas y vivían en hacinamiento. Ocho presos, había escuchado.

27

Henry Hope Stanley me dio más que un nombre –dijo Henry Morton, seguro- como su nombre, me dio esperanza.

El reportero escuchó la historia de esos años y subrayó en su libreta la palabra bastardo.

24

Llegué a América en 1859, era una mañana tibia y no conocía a nadie en Nueva Orléans. Caminé por las calles del puerto. Un tendero pregonaba ser el dueño de la tienda más importante del condado, lo gritaba a viva voz. –dijo Henry, recordando una mañana lejana, inventada– me acerqué y pedí trabajo. El hombre ni siquiera me vio. Un joven de dieciocho años, con hambre y un pantalón roído era invisible.

El reportero escuchaba, sin tomar apuntes.

Ese día conocí a Henry Stanley.

El hombre que le dio su nombre –explicó, denotando que conocía esa historia, que le era indiferente.

Henry fue un padre para mí. Le pregunté, con el tono británico de esa época si necesitaba ayuda.

“Do you want a boy, sir?”, escuchó Henry en recuerdo.

Henry sólo tenía ahorros y un par de amigos. Necesitaba alguien que lo ayudara y durante dos años, estuve con él.

52

Henry Parker se acercó a la vaca, la tomó del arnés y tiró de ella. La vaca caminaba lento, con el placer de la costumbre, hacia el banco donde cada mañana las ordeñaban. El galés se sentó, amarró las patas a una vara y acomodó las manos frías sobre las ubres, sintiendo la piel tersa, como si jalara una cuerda húmeda.

45

Nombre: Henry Parker.

John Rowlands mostró las cartas de la madre de Parker y observaba cómo el hombre de azul escribía en una máquina. Guardó en la mano la vieja ficha, la que encontró en el internado galés. En cuanto tenga una nueva, podrá destruirla.

Lugar de origen: Reino Unido.

Inglés. Ser partidario de la corona siempre favorecería el prestigio, no notaría la diferencia del habla.

Fecha de nacimiento: 28 de enero de 1841.

Esa fecha dejó su madre. No recordaba mucho más que un oso de felpa y el olor a cabras.

Edad: 21 años.

Había sobrepasado los veinte años y aún no había logrado lo que se había propuesto.

Padres

El escribano preguntó, Henry negó involuntario mientras pensaba.

Bastardo

Escribió con letra permanente. Henry se acercó, alarmado.

Muertos.

El reclutador lo reescribió, entre paréntesis, no creyó necesario rehacer la hoja.

Altura: Un metro y sesenta centímetros.

Era un enano, un hombre que siempre tenía que voltear hacia arriba para hablar con seres inferiores.

Enfermedades sexuales:

No –afirmó con desprecio.

Aunque sabía que un bloque de ronchas caminaban sobre su sexo, exponenciales, desde hacía meses, calló. Un marinero que conoció en un puerto, una noche que dio rienda a sus preocupaciones y un resultado que lo incomodaba cada vez que lo recordaba; aunque un doctor le había dicho que no era mortal, eso lo despreciaba.

¿Sífilis?

No –respondió Henry, observando al militar con desesperación.

Observó la hoja nueva, con el apellido Parker en grande y la palabra que le molestaba. Prefería hijo de puta. Su madre se lo había ganado.

63

Henry Morton Stanley espera, plantado frente a la puerta de madera con el número 96, con el puño rígido, rozando el pantalón, con la mueca de tocar la puerta como reflejo. Espera bajo un farol de luz blanca, con el abrigo café, los zapatos de cocodrilo. Se escucha el cerrojo que gira, la llave pegada a la perilla.

Baja en un momento –le dice un mayordomo.

Stanley la ve subir, con el vestido dando piruetas entre las piernas y su paso firme, segura. Cuando llega a la escalera, Dorothy voltea y le sonríe. Stanley le responde la sonrisa, la ve partir y se ajusta el abrigo, será una noche fría

16

El sol se ocultaba y el estómago cantó hambre.

Como cada tarde, los desterrados se acercaron al acantilado. Observaron los dos mendrugos que descansaban sobre una roca. Cada uno tomó una piedra, la aligeraron con el tallo y la enviaron hacia Gales, con desprecio.

John, seguro de que perdería, como la semana pasada, como los últimos años, tomó una piedra, más pesada, y observó el paisaje. De pronto, corrió entre la maleza, brincó entre piedras y se acercó, a una cabra que pastaba, en ataque. Con la piedra en lo alto destrozó el sentido del animal.

Los siete jóvenes dejaron de lanzar piedras, miraban a John golpear el suelo repetidamente, entre hierbas que ocultaban al animal. Cuando se levantó, con las piernas ensangrentadas y los cuernos de la cabra sobre la espalda, lo vieron con respeto. John ascendió triunfal por la vereda y plantó la cena a los pies de Thomas.

Durante los siguientes meses, nadie retó a John a que arrojara rocas para determinar beneficios, aunque lo siguió haciendo.

9

John abrió los ojos. Distinguió a dos estudiantes de tercer grado, con brazos largos, en alto y cubiertos los rostros por sombras. John Rowlands estiró la mirada, deseaba constatar que un niño estaba en el piso, que los gritos que escuchaba cada noche no eran pesadillas. Se levantó y caminó con miedo. Herbert observaba a los niños bocabajo, las piernas húmedas, los pies desnudos. John trató de identificarlos, los rasgos se perdían entre los escombros. Al fondo, el subdirector Clark observaba.

Una risa invadió la galera, persecutoria, era Samuel, el hermano menor de Herbert. John corría entre literas, pensaba en el campo, y se escondió bajo las cobijas.

La mujer de pelo negro y ojos agrietados le gritó a Herbert. Samuel no se detuvo, corrió veloz hasta que un grito tenue se convirtió en su nombre.

Samuel Parry, alto ahí.

Samuel se paró en seco, la mujer caminó hacia él y le prohibió que lastimaran a John. John permanecía escondido y reconoció la voz, como si su abuelo le llamara.

31

Una mesera llenó los vasos con whisky y los tres hombres levantaron sus copas.

Por Henry - dijo Thomas, un forastero, pronunciando por primera vez su nombre.

Henry Morton le dio un sorbo largo al fuego blanco, sintiendo cómo la tráquea se derretía, el estómago volcanizaba y un pequeño mareo se infiltraba, instantáneo, y pidió otro trago.

La noche transcurrió entre copas y cuando exigieron la cuenta, estaba ebrio. Thomas sonrió. Voltearon a ver una mujer de vestido en líneas policromáticas y tacones bajos. Henry sacó dos monedas, del desayuno.

Charlie contaba un chiste, los demás reían en intervalos, cuando la puerta del baño se abrió y una mujer de pelo negro, facciones finas y una mirada ausente se cruzó con Henry.

Stanley –le dijo Thomas, pero él aún reaccionaba con Rowlands.

Observó la nariz respingada, los ojos brillantes y una mueca por saberse observada que le obligaron voltear, verla alejarse.

Se llama Jenny –le dijo Charlie, que llegaba del baño.

John la vio, turbado, hasta que la música se calló y tomaron sus cosas. Caminaban por el pasillo y John pensó que Henry podía conquistar a esa mujer de piernas sugerentes.

Afuera, esperaban, Thomas conoció a una mujer de caderas amplias y sonrisa fácil.

38

Henry Morton, caballero, no soldado, del ejército confederado, escuchó la arenga del capitán Smith, los gritos envalentonados de sus compañeros y continuó abriendo con los dientes el sobre de pólvora. Lo había aprendido de los veteranos, el mosquetón cargado era mejor herramienta para sobrevivir que los bríos. No lo olvidó.

El éxito está asegurado –gritó Smith, sobre su caballo- lo atacaremos por sorpresa.

Los soldados bramaron como chimpancés y caminaron hacia la batalla. Henry Morton iba con el rifle en alto, con la sendera iluminada por el amanecer y el ruido de grillos al despertar en un día que esperaban no fuera soleado. Caminaron tres kilómetros.

Es mi primera batalla.

Henry Morton volteó y vio a un muchacho, con un birrete de violetas en la cabeza y mascando pasto. Tal vez tenían la misma edad, pero Henry le vio pocas posibilidades de sobrevivir.

¿Tú has estado en muchas? -lo cuestionó, con el mosquete descargado.

Henry escuchó el zumbido de una varilla de abedul y continuó caminando.

Me llamo Henry Parker.

Era un nombre del norte, le gustaba cómo se escuchaba Henry, como un rey, Parker como hijo de familia estadounidense.

Yo también me llamo Henry.

¿De dónde eres? Yo soy de Milwaukee.

Nueva Orléans.

No conozco. En veintidós años nunca había salido de Milwaukee, no tuve motivo.

Henry escuchó el acento más delicado, de hombre blanco que no sabe hablar francés.

No entiendo a los hombres que abandonan su casa por una aventura –dijo Henry Parker sin observar a su alrededor.

Yo tampoco.

Caminaron en silencio los siguientes cinco kilómetros.

¿Parece que va a llover? –interrumpió Henry Parker.

Esperemos que no –fue todo lo que dijo Henry Morton hasta que llovió –¡carajo!

El paisaje pixeleado mutaba con el sol. Cuando sintieron los rayos repicando el cráneo, decidieron guarecerse, abrir su bolsa, tomar la diminuta ración de tocino crudo que les correspondía y comer con lentitud, para matar el tiempo. Ningún hombre habló, nadie tocó la armónica ni contó chistes, como era costumbre. Se levantaron en silencio y caminaron con desgano hasta que empezó a llover. Las caras se alargaron en una maldición generalizada.

Carajo –exclamó Henry Morton, tapando con su frazada el fusil -si se moja la pólvora, estás muerto.

Henry Parker escuchó el consejo y ocultó la mochila de piel oscura bajo su abrigo. Escucharon la lluvia caer y cada frase que Parker profería se quedaba sin respuesta.

Veo que no te gusta platicar.

No, los soldados que hablan mucho mueren primero.

Henry Parker se calló, como acato, hasta que Henry Morton soltó una carcajada como añoranza y no paró de reír durante los siguientes metros.

Me gusta la lluvia, aunque me recuerden viejos días.

Henry Parker lo observó sin entenderlo.

¿En Nuevo Orléans llueve mucho? –preguntó Henry Parker con la curiosidad que despierta estar lejos de casa.

Henry Morton no supo qué contestar y se dio cuenta que debía cuidarse. Caminó en silencio.

No falta mucho, prepara tu mosquete –recomendó el galés.

El soldado Parker, uno de los hombres de leva, esperó a que la lluvia cesara para cargar la escopeta. De pronto un zumbido se coló entre los campos.

¿Eso fue una bala? –preguntó virando en derredor.

Otro zumbido se impactó en un hombre de barba negra y cabello recortado.

Nos están disparando –gritó Henry Parker.

Henry Parker gritaba mientras veía que los confederados se guarecían con el pecho sobre la tierra y otros, como Henry Morton corrían hacia un árbol caído.

23

Nuevo Orleans olía a humedad, a sal de mar, a desembocadura de ríos y lagos poco profundos. En inverno, el aire se fundía con los aromas del puerto; en verano, la brisa inundaba las callejuelas, se colaba entre las casas de techos altos y se desvanecía por cuartos con ventanas abiertas. Cada tarde, la luz se filtraba a través de los limoneros y en las mañana deslumbraba como estola de limanes, en particular el estuario del río NOMBRE que se inflamaba de un azul profundo y se diluía con el sol.

Ese verano, el aire olía a pescado y la gente caminaba con los brazos cubiertos para que el polvo que arrastraba el mar no se les impregnara en la piel.

Todos, en la capital de Lousiana, hablaron de ello, las mujeres lo volvieron el tópico de las tardes de té, los hombres los discutían en el faldón de las escaleras mientras esperaban que los barcos huyeran, cargados de peces fríos y enfermedades venéreas.

Todos discutían sobre el clima, excepto John Rowlands, que llevaba tres semanas encerrado en un taller limando tablas y acomodando juntas sin usar clavos ni remaches.

Desde que observó el litoral estadunidense, pensó en el éxito. Descendió del barco, dispuesto a renunciar al mar negro, las mujeres con piernas desnudas y hombros pálidos, y la idea de que los bastardos no tenían suerte.

58

Era 1867. Hacía cinco años había dejado la vida de soldado y me había convertido en reportero –aclaró Henry, como si escribiera sus memorias- después del barco Minnesota, de las guerras de los apaches, obtuve mi primer trabajo real. Fue en Nueva York. James Gordon Bennett, el padre, me citó en su oficina, con vista a la gran manzana y me dijo, con la voz grave que lo caracterizó “¿Te interesaría hacer un reportaje para nosotros?” Yo sólo dije que sí, sin saber a qué me atenía. “Tendrás que viajar lejos”, dijo el señor Bennett. Yo quería ir más allá del norte de Gales, así que acepté.

He leído sus viajes por España, los meses en el imperio Otomano.

Fue un viaje espantoso. Nuestro guía nos traicionó, nos robaron todo el dinero, estuvimos en la cárcel. Nada salió bien.

34

Henry Morton Stanley corrió con el fusil en la mano. Escuchaba explosiones y alaridos pero no volteaba. Corría como si el pasado lo persiguiera. Atravesó la empalizada, el sendero de hierbas y flores silvestres, sin pensar en su primera cita con Katie ni en las vacas que pastaban en Gales, no pensaba en los mares de travesía ni en el único padre que tuvo, aunque fueran menos de dos años, no pensaba en gritos de madre, en el llanto de Phillip… desde hacía cuatro meses que escuchaba balas toda la noche y sus compañeros se desangraban durante el día, no pensaba. Y, por eso, era el primero en correr tras el enemigo.

La espalda del abolicionista se desplazaba frente a él, corría veloz pero estaba a punto de alcanzarlo. Balanceaba su bayoneta y, cuando lo tenía a tres metros y sólo podía ver su nuca, el hierro sobrevoló el campo, blandió un cielo otoñal y se incrustó en la espalda del neoyorquino.

Henry Stanley escuchó el grito y sintió un escalofrío. Matar era lo único que le molestaba, pero era un precio dispuesto a pagar para que el pasado se contuviera. Esculcó los bolsillos del hombre, le robó municiones y caminó hacia uno de sus compañeros, con el brazo ensangrentado.

39

Henry se hartó de escuchar gritos, le recordaban a Phillip. En el campamento confederado las tiendas permanecían encendidas, un doctor cercenaba una pierna, un hombre releía la carta de su novia, dos soldados jugaban a que el otro era una mujer, y los gritos se colaban en la tienda apagada de Henry, como nostalgia tortuosa.

Salió de la tienda. Caminó entre los cobertizos de tela y se coló por el bosque que lo separaba del ejército unionista. No soportaba que un hombre se quejara, le recordaba demasiadas noches.

54

Mary nunca le llamó John, nunca supo que era de Gales, nunca escuchó el apellido Rowlands, hubiera dicho que el apellido sonaba a desbandada de pájaros, a tierras deshabitadas.

Mary continuaba en la cocina. Lavó un tomate, rojo, tomó una papa y la puso a cocer en una olla con agua. Sorbió un poco de café y cortó hogazas de pan. Cuando Henry entró Mary lo abrazó, él pensó en una madre, ella pensaba en noches cálidas y añoraba que le sujetaran las piernas, con firmeza.

2

¿Cuántas veces te he dicho que tengas más cuidado? Ve por la escoba –dijo el abuelo, señalando la puerta de madera.

John, cuatro años y ojos ávidos, caminó sagaz, con una mano blandiendo el palo de madera contra dragones, hasta que sintió la mirada fija y aceleró el paso.

Siéntate allá, no te vayas a cortar –dijo Moses Parry, mientras barría.

Caminó con la mirada baja, observando que el contorno de los zapatos no tocara las líneas que dividían las losetas y los vidrios en rompecabezas. John pensó en armar la vasija. La base permanecía intacta, las paredes del vaso mantenían su forma y, con pegamento, podría acoplar las astillas. Se rascó la garganta con la lengua, pensando en que cada comida devoraría espinas de cristal, y caminó en silencio hacia la silla. Se sostuvo del respaldo y subió lento, sin perder de vista los vidrios que se apelmazaban en tintineos.

Le atormentaron los golpes futuros, añoró el amparo de una madre.

55

John caminó por la granja y se sintió muy cerca de casa, muy lejos de llamarse Henry.

Estiró el cuello sobre los hombros y sintió cómo se contraía la espalda hasta quedar la cabeza horizontal, con la nariz ampulosa señalando el cielo sin nubes. Buscó la luna en claro día y recordó los ojos de Katie, su piel bruñida, los senos que se marcaban cuando recogía el sorgo y las piernas delgadas. Escondió los párpados deslumbrados en el establo.

Al abrirlos, se encontró con una loma repleta de silencio y piedras invernales. El olor a rumiantes y los mugidos se entrometían en sus recuerdos, la mano se agitaba veloz, jadeante.

43

Dos hombres exigían su ejecución. Henry no tenía miedo. Caminó por el estrado, con las manos sujetas tras la espalda, los brazos firmes y escuchó al hombre de traje azul con el comunicado en manos.

Aprobó la orden, consciente de que Lincoln vencería. Subió a la calesa y recordó a esa mujer, las tardes juntos, antes de que los soldados invadieran.

Tiene suerte de que le perdonen la vida –le aseguró el cochero.

¿Usted cree? - respondió Stanley.

8

Elizabeth Parry, hija de Trevor Parry, madre de John Rowlands, amante de Henry Sawyer, Gabriel Locke, Michael McCann, Edward Clark, John Young, del norte de Gales, continuó en la cocina. Lavó un tomate, rojo, tomó una papa y la puso a cocer en una olla con agua. Sorbió un poco de café y cortó hogazas de pan. Pensaba en noches cálidas y añoró un abrazo, firme.

36

Henry escuchaba la noche, los ruidos de los hombres que dormían, los susurros en el bosque y algún disparo perdido. En las velas de campaña leía, cuando la adrenalina lo dejaba distraerse, o dormía de forma aleatoria.

Esa noche caminó por el bosque, atravesó los montículos repletos de tréboles; tenía hambre. No había escuchado o visto ningún animal lo que significaba que el campamento estaba cerca. Caminó entre las tiendas de tela y vio las diferentes señas que los hombres dejaban afuera de su espacio para demarcarlo. Observó ropa, pocillos y, algunas veces, objetos personales.

Henry se escabulló en una tienda con el cuchillo en la mano. Tomó a un hombre por la cabeza que sintió las manos hirvientes y el cuchillo merodeando su cuello. Le tapó la boca.

Mi nombre es Henry, soy soldado confederado y necesito hablar con usted –le dijo, seco.

El Coronel James A. Mulligan, responsable de la brigada del Camp Douglas, asintió.

22

John -le dice un hombre de cara tiznada y manos adoloridas.

John sale del incendio de recuerdos y suelta la madera sobre el caldero.

John -repite el hombre.

¿Qué? –le responde John Rowlands.

Que ¿qué harás llegando?

No sé –le responde John, con sinceridad que el otro toma como desconfianza.- ¿Y tú?

Lo mismo, iré a California, en busca de fortuna. Deberías acompañarme –dice amistoso.

El hombre se llama Terry Cadwell. También embarcó como polizón.

El día que se conocieron, una semana después de subir al barco, escuchó su acento y supo que, como él, era galés. Se acercó, platicaron y se declararon seguridad. El día que vio cómo John respondía a ese pacto tácito, y golpeó a dos marineros que le robaban una carta para Mrs. Caldwell, supo que tenía que ganarse a John Rowlands.

Le platicó a John de los años del oro, de los hombres que encontraban minas y se convertían en caballeros adinerados, con esposas californianas, amantes mexicanas y algunos balazos a caballo. John pensó en trabajar en minas oscuras, cerradas, y desechó la idea. Iría al centro, donde nadie lo encontrara.

John continuó lanzando maderos secos y toneladas de carbón a las calderas del barco. Esperando que llegara la noche, cuando se escapaba del calor de máquinas y dormía en la intemperie, lejos de las apretadas literas y los hombres sudorosos.

Las noches en las que debía permanecer encerrado, recordaba tinieblas de la infancia y escuchaba los lloriqueos de Phillip.

18

El día que se aburrió de salvarse la vida, John caminó hacia Denbigh y buscó a su familia. Lo único que le dejó su madre fueron deudas y visitas incómodas. Sólo un primo lo acogió, era exigente y malévolo; conocía su pasado.

Después de dos años angustiantes, se inscribió en la National School. Estudiaba en las tardes, entre caballos que ensillar y platos sucios, y se graduó en el tiempo reglamentario. En las noches trabajaba como ayudante de un profesor de historia y literatura sagrada.

John no sólo escogía los parágrafos, sino reconstruía la historia para que los alumnos la entendieran. Esa mañana le tocaba la historia de la mujer de Lot y decidió no hablar del pecado sino del resguardo que ofrecía Dios.

11

Era una tarde fría, casi otoñal, y la rana permanecía acostada, con las piernas encogidas, el vientre blando y la cara adherente.

John tomó el escalpelo con descuido. Lo balanceó sobre la tabla de madera y se detuvo frente a la rana, anclada a la bandeja. Sus compañeros retaron al azar para no abrirla, a él no le importó. No achicó la nariz cuando introdujo la afilada cuchilla, ni sintió el vaho ácido del interior que se infiltraba entre la tela de su suéter hasta los alveolos. Sólo se contrajo con un ataque de risa. Los compañeros lo vieron, sorprendidos.

Se tiró un pedo –dijo John, entre carcajadas.

Algunos rieron hasta que el subdirector Clark los calló, en la lejanía. John sostenía con unas pinzas el estómago y observaba su interior, maravillado. La viveza de los colores, el verde de la piel exterior, el blanco que se perdía en rosado de la dermis, los intestinos bicolores enmarcados por el corazón.

El subdirector Clark se acercó, para ver qué causaba tanta expectación. Al ver la rana, deseó contemplar cómo se tambaleaba entre espasmos. Tomó las pinzas y el punzón. La cara pecosa, los gestos de adulto, la sonrisa entre labios machucados y una mirada perdida. Herbert lo veía con atractivo miedo, John lo detestaba con temor. En la mano derecha sostenía la herramienta de metal y caminaba hacia la cara desfundada de la rana. Phillip agradeció que estuviera muerta y no sentiría los salados golpes como él, cada noche. El anfibio se sacudió. Todos rieron, incluso John. Clark regresó triunfante, se acomodó entre los demás alumnos y platicó con otros profesores.

John abrió la rana, separó las vísceras, los músculos y entrañas hasta que obtuvo todas las respuestas, entonces abandonó los despojos de rana. Los amigos jugaron con ella.

Hebert se acercó a John y le palmeó la espalda. Samuel notó rasgos análogos entre su hermano y el niño de pelo rebelde, no le dio importancia y tarareó una canción que su madre desconocía.

61

Henry caminaba por las calles amplias de Nueva York. Nunca había visto tantos carruajes y casas prendidas.

Atravesó la avenida principal, con los papeles de identidad que encontró en Nueva Orleáns y se plantó enfrente. Aún era Henry Parker, pero no por mucho tiempo.

The New York Herald, se leía en la entrada. Henry entró al mezzanine, se presentó ante la recepcionista y le dijo que venía a ver al editor. La secretaria le explicó que estaba en una junta. Henry esperó. Mientras, Nueva York se agitaba por la ventana.

La gente caminaba en espacios nuevos, se sumergía en edificios con demasiadas ventanas y las calles permanecían ocupadas por carruajes desocupados. Henry vio los gestos de la secretaria, la cara respingada, los entresejos y pensó en mujeres del pasado, pero olvidó a Mary Parker. Recordó la voz de una mujer que lo abrazó y abrió la gaveta donde tenía cartas de Henry Hope, de Henry Parker y su firma como Henry Morton; revisó que todas las páginas fueran legibles.

El editor hojeo con indiferencia las primeras páginas y se detuvo en fragmentos. Leyó una página completa y al terminar un escrito cerró el libro, lo observó intrigado.

¿Quién eres?

20

El viaje fue lento. Sintió la marea, los golpes de las olas en el estómago, las noches de estrellas que le recordaban las explicaciones de su abuelo, con esa voz de mujer que limpiaba los pisos del internado.

Recordó la tarde en que se escapó, la noche arrumbado entre cajas, los meses escapando de silbatos de policía y de hombres con traje negro, de la paranoia de estar encerrado, una vez más. Huyó del norte de Galés, recorrió caminos despoblados de día o noche, descansaba en matorrales y se sumergía en las zonas transitadas al alba. Cuando cruzó la frontera, durmió una noche entera encima de una carreta que habían abandonado hacía muchos años. Caminó por Inglaterra, conoció ciudades y se maravilló por las grandes embarcaciones que surcaban el Támesis. Disfrutó los amaneceres antiguos y comió en un puerto, trabajando de carguero. Una tarde, el dueño del barco lo transfirió a la maderera, sus brazos eran demasiado débiles para descargar. En la maderera le enseñaron a cortar tablas, perforarlas con clavos y remendar los errores.

Había sido un año complaciente, lejos del recuerdo del orfelinato, y tenía deseos de explorar el mundo, conocer Asia, visitar otomanos o bajar a Egipto. Un sueño no tan lejano, hasta que una mañana de Liverpool tuvo que huir. Caminó por el puerto, buscó un barco con un destino lejano y se embarcó.

Era 1859 y canjeó su trabajo por la libertad al llegar.

28

John caminaba por Nueva Orleans, vislumbraba los barcos que anclaban en el puerto, los negros que recorrían las calles y esa música que hechizaba. Vagaba por laderas y caminaba entre senderos de trabajos esporádicos y robos temerarios, imprudentes. Hasta que una tarde un hombre lo detuvo. Copper Hamilton, leyó John su insignia.

-¿Nombre? –le espetó en la cara.

Durante las últimas semanas John había trabajado en olvidar su acento, imitando la calle. Lo importante era pasar desapercibido, evitar que no lo deportaran o lo obligaran a ir a una guerra naciente. Sabía su nombre. Sabía cuándo nació. Sabía que había hecho antes de ese trabajo temporal. Lo había memorizado hasta crearse una personalidad.

Henry Morton Stanley –dijo, con naturalidad sureña de redneck.

El policía se alejó y John caminó lento, despojándose del John Rowlands que nació en 1841 en Gales y vistiéndose con un Henry Morton Stanley que nació, creció y morirá en Nueva Orléans. Semanas atrás fue Robert McCarthy, Frank Johnson, Roger McCalister, Daniel Jordan, J. R Rolling.

John se sintió cómodo. Henry le gustaba, sonaba a rey, a Sir Henry.

51

Henry le enseñó las cartas, le contó de los días que vivió con Parker, de las tardes en que comentaron de infancias, uno en Gales, el otro en Milwaukee.

Henry creí que nuestro pasado nos unía –dijo John con voz sureña– los dos fuimos hombres de campo y compartimos nombre.

Le contó que murió como un héroe, que le encargó cuidara a su madre. Mary Parker abrió los ojos, empañados en lágrimas, y observó al nuevo inquilino recargado en la puerta, con la bolsa de su hijo en la mano y, sin poder gesticular una frase, le pidió que se acercara. La mujer vio los rasgos desconocidos, el pelo lacio que caía sobre la frente y se aferró a la imagen que tenía del único hombre que amó.

¿Henry, te llamas?

El galés asintió. La madre lloró sin recelo, sujetando la mano a una carta, y abrió el baúl de madera, sacó un pantalón café y una camisa blanca, que es como ella lo recordaba, la extendió sobre la cama e intentó rezar mientras besaba un retrato viejo y se despedía de un pantalón deshilado y la camisa blanca que ese día John tenía puesta.

41

Escuchaba las balas que rozaban el tronco en el cuál se escondía. Escuchó los gritos de sus compañeros, las balas que no perforaban la corteza, el olor a pólvora que se colaba, como perfume, escuchó su propio corazón latiendo desesperado por reaccionar. Mientras sienta, estoy vivo, pensó Henry Parker. Vio como un soldado de casaca gris abría los ojos de golpe y le regresaba la mirada, con tranquilidad, mientras una corriente de sangre se estrellaba en su cara. Observó como el hombre de bigote tupido se desplomaba sobre su torso. Henry Parker recordó su birrete de violetas, su personal símbolo de la paz y de la rendición, y lo palpó sobre el casco. Ahí seguía. Sintió paz. No sintió cuando la bala le atravesaba el pecho y soltaba su mosquete con pólvora cargada.

De pronto, sintió una mano que le removía el cuerpo paralizado y escuchó la voz de Henry Morton Stanley y sintió la calma de morir acompañado.

No te muevas, Henry –le dijo con acento británico- ya pronto pasará.

Henry Morton levantó el torso de su amigo, le rodeó la casaca con los brazos y se despidió. Henry Parker se sintió conmovido, lo vio partir, con paso ágil hacia otro árbol, con dos escopetas, una en cada mano y una mochila extra, la negra, las iniciales H. P. en la hebilla, los cartuchos de pólvora y las cartas que le envió su madre.

15

Durante varios años, John, el bastardo, invadió terrenos inhóspitos, se alistó en batallas innecesarias y se unió a una banda de cuatreros por afán de perdurar.

Recorrió Gales con siete adolescentes que sabían qué buscaban en la vida: sobrevivir.

3

El viejo Moses cayó de bruces sobre la empalizada. Un infarto impidió que regresara a casa para comer.

A las dos y media de la tarde, los hijos, Thomas y Moses, recorrieron la granja hasta hallarlo, con tierra bajo los párpados. Lo cargaron como un bulto, como su padre les enseñó a embalar cabras muertas.

John, el pequeño, esperó en casa, temeroso. Recordó la noche anterior, los gritos merecidos, las manos sucias, los fragmentos en el suelo y la cara lívida del abuelo, era día de golpes y poca comida.

Los hijos entraron con el padre a cuestas, lo recostaron en la cama y lloraron.

John sintió alivio, un alivio que mutaría en culpa, y observó cómo preparaban el cuerpo.

La casa se pobló de lamentos y espectadores.

19

John caminó por las calles de Denbigh, con un traje roído, postura imberbe y un ramo de flores silvestres que encontró cerca de casa, con el cielo pluvial a su espalda y una sonrisa ensayada.

Tropezó con Katie Gough-Roberts en las afueras de la escuela, como había previsto, y la acompañó a su casa.

Platicaron de clases de álgebra y latín, de los compañeros de escuela y estuvieron de acuerdo en que la infancia eran los años más felices. Katie escuchó un comentario que la hizo reír. John se enamoró de su temible carcajada y quedaron en volverse a ver.

Tres meses repitió la broma y tres meses Katie rio, hasta que él le confesó que no tenía padre y ella contestó, con la naturalidad de la adolescencia.

Los bastardos no tienen suerte.

Yo la tendré. Seré famoso –profetizó John.

Katie río a carcajadas. John notó que su risa era molesta.

El día que seas famoso, me casaré contigo.

Es una promesa –aseguró John.

Katie asintió sin temor a su padre, los bastardos fracasaban. Esa noche, el aire de Denbigh olía a mar.

62

El agua caliente subía por la tina. La bruma ascendía por la bandeja de cobre y un cuerpo desnudo entró, primero una pierna, después, flexionó la otra rodilla y se introdujo en la bañera. Hilos de agua caían sobre la cara, el cabello castaño, la espalda inundada de vaho y se deslizó, jabonosa. Durante cinco minutos permaneció firme hasta que sintió cómo se enfriaba. Estiró la mano y sujetó la toalla café con la que se secó de forma rigurosa.

Henry Morton caminó por el suelo frío hasta posarse sobre el espejo. La mujer observaba cómo se calza los pantalones, se fajaba la camisa azul y se ajustó el cinturón. Cuando se abotonaba la camisa, escuchó como si le hablaran de muy lejos.

Hay dinero sobre la mesa.

La mujer se acercó, rodeó el banco donde se puso los zapatos y observó el traje azul marino. Le ayudó a ponerse el saco, de hombros estrechos, y limpió las virutas de polvo que se esparcían por los brazos.

¿A dónde vas?

A hablar con el editor, tengo que publicar mi versión.

¿Por qué? ¿Qué pasó?–lo interrumpió, con una ansiedad simulada.

Las cosas se salieron de control.

¿Qué vas a hacer?

Entender qué ocurrió.

Henry Parker se acomodó la corbata azul marino y, frente al espejo, se plantó la mano entre los amasijos de pelo.

Pero ¿cuál fue el motivo? –preguntó la mujer.

¿Acaso importa?

Sí- respondió, sin esperar respuesta

Las palabras se colaron como música de fondo. El explorador ensayaba nudos de corbata.

32

En otoño, un hombre con placa de copper, lo apresó, lo encarceló y lo envió en un tren a través de las montañas.

Le pusieron un traje militar, gris, y en tres días sólo descubrieron que no era estadounidense.

¿País de procedencia? –le preguntaron sin verlo, con la libreta extendida.

Gales –respondió.

¿Nombre? –John calló- ¿nombre?

Henry Morton Stanley.

26

John creía que Robert McCarthy era un buen nombre. Todos sabían que era irlandés y su sueño era ahorrar dinero para conquistar el lejano Oeste.

Henry Hope Stanley lo veía trabajar con tanta furia que le creía.

John sólo deseaba no recordar.

Henry lo acogió como un padre.

En dos años, John aprendió a reconocer tipos de algodón, los precios en el mercado. Cada vez recordaba menos el norte de Gales y cada vez pronunciaban menos su nombre.

Henry era un buen nombre, definía a un joven emprendedor, sin pasado, como la nación a la que ahora pertenecía.

29

Nuevo Orleáns tiene puerto. Su homónima francesa carece de mar. En Nueva Orleáns la gente busca futuro, en Orleáns no. Nueva Orleáns, en 1861 tenía 168 mil, 675 habitantes, la mitad eran parias, negros o extranjeros.

En Nueva Orleáns, Henry Morton hablaba como galés pero se sentía estadounidense. Ese año conoció un marinero con nombre francés. Recorrieron el puerto, bebieron en amaneceres y se platicaron secretos inventados. Él le contó de Asia, de los placeres aprendidos en barcos. Henry le contó cómo llegó a América, de Henry Hope, de la naciente guerra civil.

El marinero no escuchó el sermón político.

No me interesa. –le dijo, con acento franco.

Henry calló con labios la discusión hasta que escuchó argumentos aprensivos.

El marinero habló mal de Hope Stanley, de su esencia sureña, y le explicó que esas no eran muestras afectuosas de un padre.

Henry no sabía, nunca había tenido uno.

59

John entró a un restaurante, tomó la carta y pidió un bistec con huevos y una taza de café. La mesera le sirvió la ración y siguió platicando con el cliente de la barra.

John terminó de comer, en pocos minutos, y le chistó a la mesera.

¿Tienes pastel?

¿Tienes con qué pagar?

John vio que había pocos hombres, sería fácil escapar.

¿Tienes trabajo? –preguntó John, en respuesta.

Lavó platos y saboreó el pastel de zarzamora como si fuera un sabor de infancia. Cuando terminó la cocina, acomodó la basura y encontró un periódico tirado. The Ne York Herald, leyó en la portada, era de hacía dos semanas; de cualquier forma, lo hojeó. Se cumplían dos años de la muerte de Abraham Lincoln, asesinado por John Wilkes Booth. Henry no conocía a Booth pero sintió compasión.

Leyó un fragmento del análisis político y atravesó las secciones hasta que un nombre lo detuvo. Leyó el artículo con rapidez, saltando palabras decorosas y nombres de poblados que nunca había escuchado, en una Europa que no conoció. Cuando terminó de leer regresó al encabezado y acercó el periódico a la cara. Releyó el nombre y soltó una metralla de patadas al bote de basura.

La mesera se asomó por la puerta, asustada.

¿Todo bien, Henry? –preguntó.

Sí.

La mesera volvía al restaurante cuando escuchó.

Me puedes leer qué dice aquí.

Pensó que era analfabeto y con delicadeza leyó.

Turquía es fría de noche…

No, esto –señaló Henry el encabezado.

En tierra otomana, por Henry Morton Stanley.

Henry pateó el basurero.

La mesera se asustó y regresó al restaurante, sirvió café en dos mesas y observó la puerta cerrada. Henry no volvió.

49

Los confederados corrían despavoridos. Henry disparaba con los pies en movimiento, tomaba los rifles de los caídos y caminaba hacia los hombres, de rojo.

No escuchaba los gritos de sus enemigos, no escuchaba lloriqueos, ni el gemir de hombres en su infancia, no escuchaba a sus familiares caer, sonrió, no escuchaba los balazos que se incrustaban en tierra baldía, no escuchaba la bomba que caía hacia él, no escuchaba el golpe del metal al chocar, no escuchaba la explosión, no escuchaba los gritos de sus compañeros en su ayuda, no escuchaba la voz de la enfermera, no escuchaba los gritos de los hombres que se sacudían con miembros desgajados, no escuchaba al doctor que le revisaba la mirada fija, no escuchaba sus alaridos, sólo escuchaba un pitido y el olor a enfermería infantil.

53

Henry serruchaba un tablón, derecho, sobre una línea zigzagueante, marcada con carbón. En el suelo había cinco tablones de cuatro metros sin cortar. Enfrente, un dibujo de una cerca, sobre una hoja tan tenue que parecía que en cualquier momento se rompería.

50

Henry Parker despertó, sintió el cuerpo torpe, los miembros hipnotizados, y se restregó sobre la cama de sábanas rugosas. Escuchó, entre ecos, el ruido de platos que chocaban y utensilios de metal que resonaban en el balde de agua. La mujer estaba en la cocina, era hora de levantarse. Abrió los ojos, la noche aún reposaba sobre la cabaña. Se estiró sobre la cama, aventó las sábanas al suelo y sintió el frío que se escurría como ráfaga. Encogió los dedos de los pies, la piel se enchinó y las rodillas se contrajeron, involuntarias, para mantener el calor nocturno. El ruido se escabullía de la cocina y los pasos de ella se acrecentaban hasta que la puerta se abrió. Detrás de los ojos agrietados y marañas de cabello aún negro, se filtraba una luz intermitente que alumbraba de forma tenue la habitación.

Es hora –dijo la madre, expectante en la puerta.

La mujer cerró la puerta. Los pasos se alejaron sobre baldosas. Se vistió con sigilo y abrió la ventana. Ninguna estrella despuntaba, la luna permanecía oculta entre nubes y, al fondo, la ausencia de contornos amarillos confirmaba que sería una mañana fría.

Salió del cuarto. Recibió un beso y una taza hirviente de leche. Observó la cocina limpia, la comida servida, el fuego de la hornilla encendido y se dio cuenta que no había dormido.

El galés abrió la puerta, respiró vientos de Milwaukee y se enfrentó a la noche absoluta.

4

-John, ven a comer -le gritó el abuelo.

John caminaba lento, con las piernas oblicuas, como si cruzara en triciclo los campos verdes. Entró a la casa, dejó su juguete de felpa encima de la cama y enfiló hacia la mesa, raquítico.

John se sentaba en el mismo lugar desde hacía tres años, esperaba la sopa humeante y las hogazas de pan que cada tarde le servía su abuelo. Sólo había dos sillas, no esperaban visitas. Acomodó los codos sobre la mesa y jugó con los cubiertos de metal y con los esparadrapos. La cocina olía a leña húmeda, a papás hervidas.

El sol cayó, John tenía hambre. Se levantó, harto del olor carbonizado, y observó a su abuelo, sentado en el piso, con las piernas arqueadas y las manos sobre el pantalón. John se sentó enfrente, con las piernas cruzadas, y esperó.

Los tíos disfrazaron la casa de negro; una tía lo saludó; los primos lo golpearon. John observaba su ropa nueva y sonreía. Caminó hacia su abuelo, para presumírsela, pero al abuelo no le importó. John lo agitó, reía, creía que su abuelo jugaba. Una tía lo abrazó pero el niño intentó desatarse de los miembros que olían a cabra.

El abuelo dormía en un cajón de madera.

1

La noche sajona se colaba por la ventana, acompasada por rugidos que escapaban del cuarto de su madre.

John inspeccionó al oso de felpa, afiló el oído y acercó su pupila al ojo avidriado del muñeco, tratando de encontrar ese fulgor, reflejo de vitalidad. Reunió al oso con su boca y le dijo palabras secretas, en voz queda para que su madre no escuchara. Cuando terminó, estiró los brazos delgados y el oso blanco, con patas rasas y cola narigona, se alejó de John, indiferente.

En la tarde su madre lloró de rabia, de reclamos contenidos. Esa noche, destilaba sonidos diferentes. Si bien, John no conoció a su abuelo, el hombre que detestaba a su madre, él lo quería, le había regalado su oso de felpa, al nacer.

Aunque tenía miedo de la oscuridad, temía aún más abrir la puerta por lo que susurró canciones y trató de no encontrarle gestos a las sombras. Cuando sintió que se quedaba dormido, abrió los ojos rápido, intentando captar al oso en pisada orgánica pero el animal continuaba estático, con la vista en él. John lo vio fijo, sin parpadear, sosteniéndole la mirada hasta que los ojos comenzaron a arder y pestañeó. De pronto, percibió un ligero movimiento, como si el ojo se iluminara. Le llamó por su nombre, Balder. El oso no respondió pero el niño lo abrazó, sintió que algo había cambiado.

El oso observaba la pared blanca sin mover un solo músculo. El reflejo que se colaba, clareando tinieblas, lo hacía verse vivo.

La madre creía que los muñecos eran cada vez más reales, eso le asustaba.

25

A las doce del día, los hombres se arrojaban agua como niños, con la palma abierta. Las mujeres se guarecían del sol en sombrillas blanquinegras y las madres observaban a los desconocidos con el recelo de la virginidad.

Ese verano, las tiendas permanecieron cerradas, las oficinas de gobierno trabajaban medio día y algunos tenderos decidieron marcharse de la ciudad, la vida en su pueblo era más barata.

Nueva Orleans sonaba a murmullos, a carcajadas que centellean. John no las escuchaba, el ruido de las máquinas nublaba el verano estadounidense.

Ese verano, Henry Hope Stanley lo observó trabajar con tesón, apilar bultos con brazos delgados, débiles.

A Henry Hope le gustaba John, sus manos delicadas, su acento torpe.

5

John caminaba por la casa de sus tíos. Se despidió de la prima Mary y su pelo ensortijado, del primo Michael y sus cuadernos de rayas, de su primo John, con cara de bobo y nombre duplicado, de Julie no se despidió, le prometió que antes de un año, regresaría. El tío Moses, hermano de su madre, lo subió a la calesa. John escuchó el restallido del látigo y el llanto del equino. Levantó la vista y durante las siguientes horas memorizó baldíos acompasados, el paisaje circular de campos verdes, árboles salteados, cielo plomizo y nubes que empezaban a atardecer. Sintió el asiento incómodo, los pantalones sucios de rehúso y diez horas de camino, y estiró la espalda. Súbito, una bocanada de aire se incrustó en el rostro, como si atravesara una pared de agua y abrió la boca, la brisa se coló entre los dientes, escalofrío que exhaló en mal aliento. Los ojos cerrados, el aire que golpeaba la piel, la brisa que se colaba y el pelo, revuelto, le recordaron las tardes en casa de su abuelo. Una cabra cruzó la carretera y se sumergió en acantilados. John cerró los ojos, sonámbulos.

Al abrirlos, vio que el campo se había convertido en casas de escombros. Después de horas de bosques y vistas panorámicas, el caballo atravesaba un despoblado de migrantes y trató de entender las pintas que recorrían las paredes, descifrar los gestos cansados de los jóvenes que caminaban y descubrir hacia dónde se dirigía.

Llegaron a una puerta metálica. StAsaphUnionWorkhouse se leía en la fachada, John no sabía leer. Vio a un grupo de niños correr tras un balón, sin entender el juego, y apuró el paso para no perder de vista a su tío. Los edificios los resguardaron con sombras que transitaban y, al fondo, un tambo metálico desahuciaba humo. Una mujer, de bella espalda cubierta y cabello recogido, saludó al tío y se sumergió en pasadizos. John escuchó los ruidos del orfelinato y recordó noches de estrellas en el campo. Caminaba con la ropa envuelta en una sábana.

14

John abandonó Saint Asaph con Mose, su compañero de cuarto. Observó los rasgos aniñados de su compañero y pensó que si su nombre contuviera una ese extra, tal vez serían familia, aunque, lamentablemente, se apellidara Corwell.

Caminaron por terrenos aledaños a Deinbigh hasta que una señora los detuvo. John pensó en encierros, Mose la abrazó como a una tía.

Comieron pan con mantequilla, un insípido té, y la señora de ojos caídos y bozo, platicó historias de familia. John escuchó como si fuese un cuento nocturno.

Tu abuelo Moses Parry vivía con toda la familia en una pequeña casa, de dos pisos, al lado de un castillo. En la planta inferior dormían sus hijos, Thomas y Moses. ¿Los conociste?

Sí, mi tío Moses me llevó a Saint Asaph –dijo, con nostalgia- Pensaba visitarlo.

Es buena idea. ¿Eres hijo de Mary o Elizabeth?

Elizabeth. Mi padre fue John Rowlands.

Lamento escucharlo. Tu padre murió hace muchos años, trece o catorce. Tal vez puedas visitar al viejo John Rowlands, aunque no debes esperar mucho de él.

A John le enseñaron que no debía esperar nada, de nadie. No se caracterizaba por ser un niño que siguiera consejos.

La hija mayor, Mary, se casó con un inglés. Si sigue viva, la encontrarás en Liverpool.

John pensó en el puerto, en aventuras extraordinarias, recreó los gestos de una tía que no conocía, cuando escuchó.

Elizabeth, la menor, tenía una vida impronunciable.

John observó el fuego e imaginó gestos.

21

1859 fue un buen año hasta que una tarde tuvo que huir, subirse al primer barco que encontró y partir hacia América. Todos sus ahorros los agotó al comprar el billete.

Observaba la silueta del Atlántico. Era noche de luna llena y se sobresaltaba con pesadillas, recuerdos. En dos días llegaría a América y aún no sabía que nombre utilizaría.

56

La leche inundaba la cocina, la cubeta volcada, adrede y John con la pierna cubierta de manchas blancas, no todas producto de la vaca. Mary le echó en cara los años de infelicidad, el deseo contenido en sus manos. Henry no entendió al principio. Cuando conoció sus deseos, pensó en caricias de madre y atisbó la palabra que lo condenaría al exilio.

Cállate bastardo –dijo, con el llanto aflorando.

Henry escuchó el llanto de Mary, los estertores que se desplegaban años contenidos, y resonaron en su cabeza años olvidados.

El galés azotó la puerta, escuchó los mugidos de las vacas, el trinar de los pájaros y al fondo, como una liebre, el río que arrastraba rumores.

Mary le repitió el perjurio. John escuchaba su pasado, contuvo los reclamos en la puerta y salió al mundo, desnudo, como un bastardo.

44

¿Nombre?

Henry Parker –respondió.

Detrás, el pelotón presentaba armas. Henry caminó hacia ellos, deseoso de que el suplicio terminara. Sin entender que no había empezado. Un empellón lo apresuró, giró la cabeza para tratar de ver el rostro del agresor y los pies tambalearon en dirección al enramado de troncos donde sería ejecutado.

De pronto, un hombre llegó, con un manifiesto en la mano.

Henry Parker, por medio de la ley promulgada por el presidente Abraham Lincoln y con el beneplácito del coronel James A. Mulligan, se le concederá el perdón si acepta pelear por los Estados del Norte – proclamó, en eco de la propuesta que explicó hacía tres meses.

Henry recordó la voz aflautada del capellán, comparó las paredes de la cárcel con el orfelinato y caminó hacia la celda, arrastrando los pies. Cuando llegó a la puerta de la prisión golpeó al guardia y sintió los golpes en la espalda y rugidos. Sonrió, los gritos enfurecidos no le recordaban nada.

6

John se plantó en el centro de la portería. Se remangó los pantaloncillos, que en la mañana eran blancos, y drenó las manos sin rastro de sudor, como le recomendó el subdirector Clark cuando les enseñó el juego nuevo. Detrás de él había dos hileras de edificios simétricos, con tejados a dos aguas, paredes que combinaban tonos amarillos con gris construcción y una carreta que en un tiempo recorrió pueblos pero, en 1848, sólo guardaba herrumbres. Observaba el balón de caucho, fijo, en maniobra de hipnotismo. Los aullidos de los jugadores, el tintineo del hombre que repartía leche o el grito preciso del conserje se perdían detrás del sonido de sus zapatos que restregaban la tierra.

El tirador acomodó el balón, a pocos pasos de la portería, y se aseguró de que estuviera bien plantado. Dio tres pasos hacia atrás, se enfiló en silencio y emprendió la carrera. La pelota se elevó a media altura, dejó tras de sí una ráfaga de piedras y tierra, la mirada inofensiva de tres niños con zapatos roídos y atravesó el campo.

John se lanzó en sentido opuesto. Blandió el aire, el cuerpo recostado como si se arrojara en pausa, las piernas flotando y cerró los ojos, en acto reflejo. El festejo inundó el espacio.

Eres un inútil –le dijo un joven, con casaca roja, entre aspavientos.

Ve por la pelota –contestó, mientras se sacudía el polvo de las manos.

¡Inútil, carajo!

John lo veía alejarse; detrás una mujer lo espiaba, recordó los cálidos gestos y el saludo fraterno que le dio a su tío. La figura se perdió entre las ventana del edificio A del Saint Asaph Union. John observaba el edificio, sintió temor de medianoche pero no se preocupó, el cielo permanecía iluminado. A su espalda, el grupo de niños continuaba festejando.

7

John pensaba en su madre, en los gestos que no conoció y se aferró a la almohada. Un halo se colaba por los pasillos. John pensó en Herbert, en sus brazos fuertes, en su uniforme de tercer año, en su voz rígida y cerró los ojos. Recordó los años fuera. Las edificaciones se esfumaron, las sombras se tergiversaron por un escampado radiante, los pies en movimiento y el aire se purificaba, con olor a cabra. Escuchó su nombre y con una mano en el aire confirmó que en un minuto estaría en casa. Giró la cabeza, vio el campo desolado, una carreta abandonada a la orilla de dos casas de un piso y un patio cercado por ropa secándose en alambres y estacas. Su abuelo entró a casa y él aceleró.

John rezaba en voz baja. El llanto de Phillip no lo dejaba concentrarse. John rezaba en voz alta. Con las manos sudorosas se tapó los oídos y escuchó sus plegarias como tarareos.

30

El día que su tutor murió, Henry Hope Stanley, Henry Morton Stanley se dio cuenta que el taller era demasiado grande para él. Decidió continuar trabajando todas las mañanas hasta que una tarde no tuvo qué comer. Los dos tablones que sobraban seguían apilados sobre la mesa y una segueta permanecía en el suelo impecable. Aunque la puerta permanecía abierta, hacía dos semanas nadie había entrado.

Escuchó la campanilla y se alisó la camisa. Era un hombre de traje azul y un portafolio negro en la mano.

-¿En qué puedo servirle? –le preguntó Henry, con el acento más sureño que conocía.

El hombre abrió el portafolio y le entregó tres sobres: una orden de desahucio, la carta de una prima que no se enteró de la muerte de Henry Hope Stanley y propaganda de Jefferson Davis, invitando a todos los sureños a pelear por su patria, a todos los extranjeros a obtener papeles. Ambos obtendrían riquezas y terrenos

Henry Morton Stanley tiró a la papelera la orden de desahucio, leyó la carta, para saber algo más de ese hombre que le legó el nombre, y caminó con la estafeta de Jefferson Davis en la mano.

37

El 6 de abril de 1862, al amanecer, se enfrentaron en Hardin County, Tennessee, los ejércitos de la Unión comandados por el General Ulises Grant y Don Carlos Buell, contra el ejército de los confederados, dirigidos por los generales Albert Johnson y P.G.T. Beauregard. En menos de dos días de combate, 24, 637 soldados abandonaron la guerra. Mil setecientos soldados murieron en cada bando y 16,500, en total, fueron heridos. Al finalizar la batalla, 959 soldados de la Unión fueron capturados por 2,885 de los Confederados. 2,883 soldados se fueron olvidando. Uno pervivió; el otro se llamaba Henry Morton Stanley.

48

Las ropas azules se repetían en batallones, hombres con espadas al cinto y un mosquete en la espalda hablaban con acento acelerado. Henry caminaba bajo las casas de dos pisos, de tejas holandesas y sin un porche blanco como los que construían abajo del Mississippi. Caminó con la escopeta lista, en unas horas podría combatir, sintió los recuerdos que se agolpaban, la voz de su primo, los gestos de Herbert y tomó su fusil. Llevaba cuatro meses recluido y sintió el miedo entre las hileras de jóvenes soldados. Un joven le sonrió, él no volteó, pensó en sus amigos del sur y tapizó el mosquete con pólvora, sabía que debía matar a un confederado, tenía que demostrar la lealtad que prometía batallas sangrientas y lejanía con el pasado.

40

Originario de Illinois, el Coronel James A. Mulligan era el responsable del batallón de los unionistas. Caminaba por delante de Henry, con las manos en los costados y las armas demasiado lejos. Se desplazaba entre el batallón durmiente; en el cuello, el filo desnudo. Sabía que su probabilidad de sobrevivir dependía de escapar. Llegaron a un claro, donde podían pelear de forma desigual pero tenía tiempo para solicitar refuerzos y defenderse. Escuchó los deseos de Henry de cambiar de bando.

Lo conozco –dijo, el Coronel, como única respuesta. Creía que era un asesino no condecorado – ¿cómo quiere hacerlo?

Captúrenme en batalla.

El Coronel le puso atención.

¿Qué más quiere a cambio?

17

John, te toca –gritó Thomas.

John corrió hacia él, con los brazos dispersos.

El nombre del cuatrero le recordaba a su tío, el olor rancio al pastor que les compraba leche, su cuerpo le hacía pensar en ubres y le forjaban el apetito.

El galés tomó una piedra y la aventó lo más lejos que pudo. Sus brazos débiles se estrellaron con el montículo más cercano y la risa de los siete cuatreros.

John, mi pequeño John –repitió con desaprobación Thomas.

John sabía que su flaqueza lo distanciaba del grupo. Tomó otra piedra y la aventó lo más lejos que pudo. Sintió el brazo que se desarticulaba en el esfuerzo y, sin vislumbrar el paradero, escuchó la algarabía, como derrumbe.

57

La noche se desplomó en medio de la tormenta. Sentía la piel húmeda, el frío de la tierra que se colaba hasta los huesos y abrió los ojos, sólo oscuridad en derredor. Irguió la cabeza. Desaparecieron las montañas de picos bajos, los árboles mechudos y el camino de tierra que hacía minutos recorrió. Sólo el ardor de una gota que se colaba entre los párpados le aseguraba que tenía los ojos abiertos. En pocos minutos, el cielo se despobló de estrellas. Sintió el cuerpo torpe, los miembros hipnotizados, como cuando acababa de despertar, y dio un paso. La hierba mojada le acariciaba la extremidad derecha, un breve cosquilleo que le obligaba a retroceder a la posición original. Levantó la mirada, ni una sola estrella, la luna escondida entre nubes y una oscuridad que oculta su piel blanca.

Percibió la sazón de un trébol regurgitar. Recordó el sabor dulce que sobresalía entre la maleza, los acentos ácidos que se impregnaban en el paladar y se desmembraron en hilos apelmazados, como bola de estambre húmedo, y añoró el desayuno de la casa Parker.

Giró la cabeza en la oscuridad del centro estadounidense, recordó la ráfaga de hojas secas y varas desnudas que le obligó a cerrar los ojos, las gotas desmenuzadas que caían en aluvión y ese murmullo de ramas que anestesiaba y dio otro paso inseguro.

Se sentó en cuclillas y aspiró hondo. La noche arrastraba olores lejanos, el dulce fragor del río se matizaba con el agrio aroma del árbol que se balanceaba con el aire y el olor a tierra húmeda. Volvió a aspirar, un dejo picante a leña quemada le tranquilizó, sinónimo de la cercanía de un poblado, por lo que aspiró con más fuerza, tratando de recabar la estela de humo que no flotaba, visible, pero tan sólo consiguió que el olor a mierda que le rodeaba se incrustara entre los alveolos, le constriñera el estómago y ascendiera por la garganta como trébol putrefacto.

El viento frío le impidió vomitar, y una ráfaga de olores se coló como una bofetada.

42

Henry observaba los rayos matutinos que se agitaban entre barrotes. Recorrió la línea amarillenta que se desquebraja ante el golpeteo del carruaje y culminaba en su pie cubierto de fango. Levantó la cara, la calle sucedía ante su mirada indiferente, la gente lo señalaba, los niños lo observaban como a un animal agazapado, mientras la calesa, arrastrada por un caballo famélico, avanzaba lenta.

El carruaje se detuvo a las afueras de Camp Douglas, Illinois. Henry descendió y observó el sol en lo alto, los árboles que se agitaban y sintió las manos ásperas del guardia sobre sus muñecas.

La explanada de la cárcel vociferaba. Era el 4 de junio de 1862. Caminó entre la gente y vio al juez con su larga levita; dos ancianas lo reconocieron como fantasma.

Recordó las mañanas frías de Gales, la furia contra el gendarme, el retrato estático de la batalla, el hedor contenido en su prisión.

El Coronel James A. Mulligan le concede el perdón si pelea por la unión –resumió un hombre de traje azul con el comunicado en manos. Detrás, el pelotón presentaba armas.

13

Les presento al Nuevo Colón –interrumpió Mark Twain, un noviembre de 1886.

Henry bajó la cabeza, para que no vieran que sonreía.

5

La primera vez que vio esa lámpara fue en su viaje de bodas. No podían llevársela, le arguyó Henry, seguro que él terminaría cargándola. La esposa siguió caminando con la cabeza ladeada hacia la pantalla transparente, el aljibe rojo.

Su cara se translucía con la luz directa. Los rasgos de la nariz se aligeraban y los labios se remarcaban entre una plasta de luz, el brillo de los ojos se desvanecía en olor carburante.

La conoció en una fiesta. Él hablaba de sus viajes por África, asustaba a las mujeres con descripciones de nativos y envalentonaba a los hombres al imitar rugidos en selvas oscuras. Ella lo observó con detenimiento. Cinco años después se casaron en la Abadía de Westminister. Ella le regaló un retrato, él le ofreció quedarse en casa.

Se fueron de viaje de bodas a Galés. Caminaron por calles antiguas y restaurantes al aire libre. Él recordó fechas que no le platicó, ella se sorprendió con el acento de los galeses. Cuando regresaron a Londres, compraron una casa. Él plantó los primeros árboles, ella colgó imágenes y juntos acomodaron la recámara con mañas previas. Ella se dedicó a tejer, él escribió sus memorias y los dos trataron de igualar edades. Cuando se conocieron ella tenía catorce años, le gustaba pintar y era rica; cuando se casaron él cumplió cuarenta y nueve y no volvió a explorar. En las noches ella leía Daisy Miller, de Henry James; él prefería Salambó de Gustave Flaubert. Ella quería dos hijos. Él tres. Ella le llamaba Henry. Él volteaba cuando llamaba al jardinero, un tal John. Ella creía que estaba envejeciendo. Nunca tuvieron hijos. Sus padres le reprocharon que adoptara, ella los escuchó con la decisión tomada. Le llamaron Denzil Morton Stanley. Su padre quería que le llamaran Charles como él; Stanley ocultó su apellido. A ella le hubiera gustado la eufonía en Denzil Rowlands.

Dorothy observaba la lámpara, los contrastes entre la luz amarillenta que se desplegaba hacia el cielo y el azul fuego que se colaba en la baldosa plateada. Pensó que sería un buen regalo por diez años de matrimonio.

15

Una flecha se incrustó en la rama partiendo una zanja del árbol. Henry sintió un líquido que caía sobre su cabeza, una lágrima blanca que se escurría sobre el cabello oscuro. Escuchó gritos de los negros, sin hallarlo. El africano se sostuvo sobre la raíz y arquea los pies, sujetos a los barrotes del árbol como si fuera un perico. Henry sentía la respiración agitada del indígena, observaba su arco tenso, su espalda brillante, los testículos enormes y una línea de tela que no ocultaba el cuerpo. Henry no podía dejar de verlos, sentía un hormigueo en las manos y escuchaba los silbidos de las aves que se colaban entre los gritos fúricos de los hombres que acompañaban al negro de miembro eterno sujeto entre dos enormes testículos lampiños. El negro arrancó la flecha y se limpió la baba de caucho que le escurría por la mano. Los negros avanzaban hacia el este. Henry los escuchaba partir y sintió el ojo arder. El hilo blanco se coló por el lagrimal y se mordió un dedo para no gritar. Se talló el ojo con la manga de su camisa blanca, repleta de tierra y gotas de sangre. El ojo le palpitaba, con la tela gruesa rascaba la órbita y añoró un río. Sintió la máscara de oro cerca de su cuerpo. Pero ello ya no le tranquilizaba.

12

El reportero se acercó a Henry Morton Stanley, le estrechó la mano y le pidió que lo acompañara a una pequeña sala donde podrían charlar, era el 15 de enero de 1899 y Henry Morton caminaba con dificultad. Se sentaron en un sillón de piel café y Henry acomodó su bastón sobre la mesa de caoba. El reportero sacó su libreta y ordenó un par de papeles.

¿Quieren algo de beber? –preguntó un mayordomo, con levita almidonada.

El reportero negó con la cabeza.

Un whisky –respondió Henry Morton. Eran las once de la mañana.

El mesero se fue, los hombres permanecieron sentados.

¿Empezamos? –dijo Henry con impaciencia.

Claro, señor –dijo el reportero, nervioso –queremos, en el New York Herald…

Henry recordó viejas épocas.

Hace mucho no hablo con Gordon Bennett –dijo, lejano- ¿sigue dirigiendo el periódico?

El padre murió en 1872.

Eso lo sé, hijo –reprochó Henry Stanley, como si lo trataran como a un niño.

El hijo aún dirige el diario, él me pidió que lo entrevistara.

Espero no nos tardemos mucho, en una hora tengo una cita médica.

El mesero llegó con el whisky.

¿Todo bien? –preguntó el reportero y se dio cuenta de su error.

Henry Stanley percibió la pregunta como familiaridad, con el descaro de los estadounidenses, pero no se ofendió. Contuvo el vaso sobre la mesa y escuchó las preguntas, sin tener mucho que decir.

Desde hace cuatro años sirve en el Parlamento.

Es un gran honor.

Y este año lo quieren hacer caballero.

Es un gran honor –repitió Henry, en respuesta ensayada.

Algunos no están de acuerdo.

Respeto todas las opiniones, aunque lo merezco –dijo Henry y le dio un sorbo al trago.

Ahora, en el periódico deseamos saber cómo era su vida antes de ser explorador.

No hay mucho que contar. Mi vida comenzó cuando fui a buscar al Doctor Livingston.

Sé que no se llamaba Henry Morton -Henry lo escuchó, curioso- sino John Rowlands.

Hace mucho no escuchaba ese nombre.

Me puede contar algo de su infancia.

No recuerdo mucho.

Cuéntenos de su madre.

Henry lo vio con coraje, apuró el vaso y recordó.

10

Henry Morton se dio cuenta que no había logrado la gloria que se propuso al llegar a América y recorrió moteles anónimos.

Le escribió cartas a Katie Gough-Roberts, una joven mujer que había conocido en Denbigh, le contó sus planes, inventó negocios y describió casas como si fueran propias con sólo conocer la fachada. Ella le respondía. Él le propuso matrimonio. Ella aceptó y a los pocos meses se casó con un arquitecto inglés. Él firmaba las cartas con un repetitivo, “con cariño, John”. Ella no olía las cartas al recibirlas, sólo las acomodaba en el cajón que su madre nunca revisaba.

En la última carta le contó de su viaje a África. Ella pensó que los bastardos nunca tendrían suerte. Temió que fuera devorado por leones, elefantes o animales mitológicos.

6

¿Es usted el hombre que viajó a África? –preguntó una señora de cara espolvoreada.

Sí –respondió Henry Morton. No le contó de los seiscientos africanos que murieron ante sus órdenes, mucho menos del olor de la selva.

Conoce el Congo como la palma de su mano –afirmó Leopoldo II- Hasta los africanos le dieron un nombre. ¿Cómo te llaman, Henry?

Bula Matari, su excelencia.

¿Biul Mata Hari? –preguntó la señora, intrigada.

Bula Matari –repitió Henry Morton- significa demoledor de peñascos.

¿Por qué le dicen así? –preguntó, en eco de cuarenta y dos europeos con los que había platicado en las últimas reuniones belgas.

Para penetrar la selva y delimitar el río, como su majestad me pidió –dijo, con deferencia- tenemos que derribar rocas, crear caminos.

Llevarles el progreso –interrumpió Leopoldo II, con una copa de vino en la mano.

Y a Dios –aseguró la señora de piel flácida y ojos aburridos.

Por supuesto –explicó Stanley, en certero deja vú- civilizarlos.

En cuanto conocen la palabra de Dios abandonan a sus dioses paganos. ¿No es cierto? –preguntó Leopoldo.

Sí –respondía Stanley, regresando de evocaciones por selvas inhóspitas y noches de malaria.

La señora continuó con sus preguntas inútiles. El rey Leopoldo II de Bélgica y del Estado Independiente del Congo, platicaba con los invitados de honor. Stanley estrechaba manos delicadas y sentía miedo.

1

Henry Morton Stanley levantó la mano. El mesero se acercaba, pero con un gesto le pidió otro whisky.

Algunos periódicos han asegurado que Henry Hope no murió en 1861, que huyó a Cuba.

Eso es una mentira.

Henry sacó su cigarrera y un encendedor dorado. Aspiró el tabaco y vio a otros hombres con smoking, en la misma postura.

9

El 10 de mayo de 1904, cuatro años después de que le diagnosticaron la causa de muerte, Sir Henry Morton Stanley murió en su casa, rodeado por Dorothy, su mujer, y su hijo, Denzil. Durante los cuatro años que agonizó en silencio, Henry escribió su autobiografía, mintió.

14

Henry Parker sintió el fracaso sobre sus hombros. Sintió los años perdidos, se sintió tan lejos de la gloria que había buscado hacía diez años, estancado en esa granja, leyendo algunos libros y creando un estilo que le permitiera inventar lo que vio en África, lo que Henry Morton vivía a sus expensas. Cada vez que recordaba la sonrisa de Morton, un pequeño escalofrió lo invadía. Cuando escuchaba las frases de sus detractores sobre sus métodos, él les creía, se encerraba en casa y recreaba los paisajes que había visto cuando estuvo en África, el pasado le permitía rellenar los telegramas y cartas que en ocasiones le llegaban. En otras ocasiones tenía que inventar cascadas y gigantes.

16

Dorothy permaneció sentada en el asiento de su sala. Tenía los vidrios cerrados, un cigarro en la mano, sin encender, y lloraba desconsolada. A diferencia de otros días, no tuvo que encender la radio, sólo se cercioró de que los vidrios estuvieran cerrados y soltó los hombros, porque sí. Observó los muros altos de la casa. Sintió el temblor, imperceptible, del ojo, una lágrima resbalaba. Deseó morir así, como Henry, dormida. Limpió la lágrima con la manga del vestido azul y observó su reloj, aún le quedaban quince minutos y pensó si debería de abrir las ventanas antes de prender el cigarro. Se escuchó un estruendo. Una puerta que se cerraba y un niño lloraba. Él no estaba ahí para defenderla de leones victorianos. El cigarro cayó bajo el asiento, fumante.

3

Deja eso.

¿Es tu pluma?

Sí.

Me gusta cómo huele la tinta. A arroz húmedo.

Tápala. Se va a secar.

Cuando sea tu cumpleaños te regalo una. ¿Qué color te gusta más, rojo o azul?

No hay plumas rojas, Dorothy.

Claro que sí. Hay verdes, amarillas, rosas…

No de este tipo.

¿Cómo que de este tipo, explorador?

Es una pluma fuente.

¿Entonces no quieres que te regale nada de cumpleaños?

Como tú quieras.

Yo quiero regalarte todo. Ayer pasé frente a una tienda—

¿Cuál?

No te puedo decir, si no, no sería sorpresa. Y vi un regalo perfecto para ti. Cuando caminaba de regreso a casa me entristecí.

¿Recuerdas cuando los viernes caminábamos por las calles, con las cafeterías llenas y los teatros iluminados? Todo desaparecerá.

Tengo que ir, Dorothy.

No me llames Dorothy, Henry Morton Stanley.

Sir Henry, Lady Dorothy.

No te rías.

No me río, Dor. Tengo que ir.

¿Cuánto tiempo dura el viaje?

Dos meses.

Australia queda muy lejos. El mar es peligroso. No quiero que vayas.

Tengo que ir.

No quiero ser viuda. Quiero vivir contigo, que le contemos a nuestro hijo del árbol en el que escribiste mi nombre… Abrázame.

No llores. Dentro de poco estaremos juntos.

¿Y que haré sin ti..?

Me esperarás.

4

Sir Henry Morton Stanley se despierta; siente el calor bochornoso de la siesta y se arrepiente de no haberse desabrochado la corbata. Se levanta del asiento y camina hacia el baño; cierra la puerta y se para enfrente del retrete. Con una mano orina, con la otra se sostiene de la pared, como si estuviera borracho. Los músculos no responden como antes. La espalda se tarda un momento en reaccionar, en plantar todos los músculos en sincronía; siente la nuca mal acomodada y se da cuenta que dormirse fue un error. Respira hondo, escucha cómo el agua se diluye y se ajusta la corbata. Camina por el barco, se para frente al tablero y escribe un telegrama, aunque en sólo dos días desembarcará. Le escribe a su mujer, con caligrafía célebre y emite un simple.

Mañana en la noche llegaré.

La mujer recibe el telegrama. Llegará antes de lo previsto, tres días antes que la delegación inglesa. Revisa que la casa esté limpia, pasa un dedo sobre los muebles, se sienta en un sillón y lo siente demasiado oscuro, se levanta lento, se asila la falda y camina hacia la cocina. Grita los nombres de los empleados. Ellos abandonan las catacumbas, suben veloces y comienzan a limpiar. El jabón se cuela en todos los entresijos de la casa, aún los menos aparentes. Tiene que ser la esposa perfecta, lo que ello signifique, y en menos de un día debe tener la casa impecable, a los niños cerca y la cocina lista para encerrarse a esperar. Confía que la comida suena primero que el cochero y supervisa el cuarto de los niños, sin prender la luz. Atraviesa la sala, el comedor de caoba que le regalaron en su boda, la cocina, alba, y revuelve sus cosas hasta encontrar su cigarrera. Cuenta los cigarros, cree que faltarán, y prende uno sin sentarse. Aspira el humo y lo contiene inmóvil, aguza el oído, el cigarro se consume entre los dedos, y el silencio de la casa le asegura que aún no ha llegado. Se sienta. La cocina se estremece, la niñera despierta a los niños y ella, Dorothy, revisa un reloj.

Sir Stanley entra a la casa. Besa a Dorothy, saluda a Denzil Morton, su hijo, y les cuenta el viaje austral, las presentaciones de libros y degusta la cacerola que preparó Anne, la africana que importó de uno de sus viajes. Cuando termina de comer, Sir Stanley, se aleja de la casa, entra a su estudio y empieza a escribir los últimos detalles, lleva días trabajando en ese libro, el que contará sus últimos años, con nulos resultados, cuando escucha la voz de su mujer.

7

A esa hora, Stanley se despertó sobresaltado. El cabello húmedo, la camisa empapada. Acercó la mano temblorosa al buró. A tientas buscó el vaso con agua que la noche anterior había dejado. La mano descendió abrupta. Sin buró, ni vaso de agua. Levantó la mirada. No era el techo de su cuarto, no había una rata que en verano ronronea, ni una puerta que conducía a un baño enmohecido. Sólo una placa de metal que fracciona la luz que se colaba. Se incorporó y con el torso fuera de las cobijas vio la noche a través de una minúscula ventana. A lo lejos, la costa rodeada de mar. No escuchaba el golpear de las olas; deseaba beber marejadas. Salió del cuarto. Se asomó por el pasillo, el silencio ensombrecido por la luna. Caminó a tientas hasta llegar al baño. Tocó la puerta sin esperar una respuesta. Aun así, aseguró la puerta y tiró de la cadena pendular. Se rasgó el techo. Virutas de yeso cayeron sobre su cabeza que encanecía y el polvo le quemó la garganta. Abrió la puerta y su rostro trasnochado se reprodujo en un espejo. Todo sombras y ojos huecos. Abrió la canilla y las manos en cónclave esperaron el chorro de agua. Tendría que bajar. El ruido de la marea lo inundaba, detrás se colaba un sonido seco, como una orquesta de trombones.

En un par de meses llegaría a Europa, no sabe qué comentará.

2

John piensa en su madre, en los gestos que no conoció y se aferra a la almohada. Un halo se cuela por los pasillos. John piensa en Herbert, en sus brazos fuertes, en su uniforme de tercer año, en su voz rígida y cierra los ojos. Recuerda los años fuera. Las edificaciones se esfuman, las sombras se tergiversan por un escampado radiante, los pies en movimiento y el aire se cuela con olor a cabra. Escucha su nombre y con una mano en el aire confirma que en un minuto estará en casa. Gira la cabeza, ve el campo desolado, una carreta abandonada a la orilla de dos casas de un piso y un patio cercado por ropa secándose en alambres y estacas. Su abuelo entra a casa, el saco negro se bambolea entre el polvo y él acelera.

John reza en voz baja. El llanto de Phillip no lo deja concentrarse. John reza en voz alta, con las manos sudorosas se tapa los oídos y escucha las plegarias como tarareos.

11

Mi nombre fue John. Mi nombre fue John Rowlands. Mi nombre fue Mr. Rowlands. Mi nombre fue Mr. John Rowlands. Mi Nombre fue Robert McCarthy. Mi nombre fue Frank Johnson. Mi nombre fue Roger McCalister. Mi nombre fue Daniel Jordan. Mi nombre fue J. R. Rolling. Mi nombre fue Henry. Mi nombre fue Henry John Rowlands. Mi nombre fue Morton. Mi nombre fue Henry Morton Rowlands. Mi nombre fue Stanley. Mi nombre fue Henry Morton Stanley. Mi nombre fue Henry Parker. Mi nombre fue Mr. Stanley. Mi nombre fue Mr. Henry Morton Stanley. Mi nombre fue Sir Henry Morton Stanley. Mi nombre es Bula Matari.

8

Henry Morton Stanley sintió cómo la fría piel que cubría al mueble se trasminaba través de la bata fina, se sintió observado, con las piernas sobre un banco de metal y las piernas juntas, apenadas. Stanley observaba los dibujos y esquemas del cuerpo humano y se dio cuenta de que el consultorio era más frío que la sala de espera. Siempre creyó lo contrario.

Recordó las preguntas escuetas del reportero y la promesa de que mañana le contaría su vida. Se sintió indefenso, no le gustaba recordar su vida, y decidió parecer indiferente.

Observó la mesa de madera, las recetas, con el nombre en letras azules, dos diplomas colgaban en la pared y una máquina de escribir, con una hoja ahorcada por el rodillo. Henry vio la bata azul, el asiento color vino, las piernas velludas y el estrecho estómago que aún no le impedía ver sus pies, el suelo color arenisca. De pronto escuchó que la puerta se abría, volteó y observó a la enfermera que con una seña lo obligó a levantarse. Caminó detrás de ella, con pudor, por el pasillo blanco, iluminado y silencioso, que indicaba. Henry se sujetaba la bata y observaba el vestido blanco de la enfermera, el suéter gris y el peinado en chongo que no suavizaba los gestos bruscos. Giró a la izquierda, los zapatos blancos se veían muy cómodos, Henry sentía el frío piso y se sintió humillado.

La enfermera abrió una puerta amarilla y le pidió que se recostara en una cama. En unos minutos vendría el doctor. Henry sintió cómo una lluvia espesa de ácido se colaba por la garganta y le producía arcadas. Tuvo frío en los pies y apretó las manos, clavándose las uñas en la palma. Cuando decidió que no tenía por qué soportar la espera, en unos días sería nombrado caballero, y se levantaba, para irse, el doctor entró. La bata blanca, la insignia imperial bordada, la corbata negra y la camisa blanca, los zapatos lustrados y el bigote recortado, observó Henry y asintió. Impecable, como siempre.

¿Henry Morton o Sir Henry Morton Stanley? –preguntó, con deferencia.

Aún no, esta semana será Sir.

Felicidades, Henry –dijo, con tono suavizado.

¿Nació 28 de enero de 1841?

Mide: 1.65. Pesa menos que el mes pasado.

El doctor revisó las láminas, con la columna vertebral aclarada, y una nube junto al estómago. Dejó las radiografías sobre la mesa y caminó hacia Stanley. Stanley Rowlands observó los labios del doctor, la boca que se expandía en bocanadas y se agitaba como si gesticulara con lápiz labial. El paso de las enfermeras, pasos firmes como si trataran de agrietar la loseta con el tacón, se colaba. Una puerta se abrió y cerró con delicadeza, a lo lejos. El doctor continuaba explicando.

¿Me entendió? –dijo el médico, con los ojos sobre el rostro bobalicón del galés, tratando de encontrar una reacción.

Sí. El cáncer aumentó, es inoperable, de 4 a 6 meses, con suerte.

John Rowlands se quedó observando fijo una fotografía que se encontraba a la altura del hombro del doctor. En la imagen aparecía un hombre con gestos de contraluz, con ojos deslumbrados y surcos en la frente.

Lo conocí hace dos años.

El médico se le quedó viendo, sin entenderle.

El rey Eduardo VII –repite Stanley, apuntando con el dedo la fotografía.

El médico volteó, observó la imagen como nunca la ha visto, con extrañeza, y regresó la mirada al paciente. John observaba la imagen.

Recuerdo esa noche. Platicamos de animales de caza. Le conté cuántos kilos de marfil extraje en África. Quedamos en ir en verano, espero vivir para cazar con un rey.

Sir Henry –dijo observándolo de reojo- entiende que dentro de seis meses usted estará muerto.

Sí –respondió Stanley, inmutable, sin notar que aún no era caballero.

¿Qué le dirá a su mujer?

No lo sabrá.

El dolor es insoportable.

No lo sabrá. Usted me dará pastillas y usted no dirá que estuve aquí.

No puedo –dijo el médico, como si se sintiera escuchado- si lo descubren me pueden cerrar el consultorio.

Henry escuchó una voz lejana, su abuelo con la voz ronca explicándole qué hacer, cómo solucionar un problema, los errores que cometía.

John Rowlands recordó noches frías y caminó por el pasillo del hospital. Las enfermeras lo volteaban a ver. Caminó seguro pero apresurado, con el saco sobre el hombre derecho y la mano firme, con orgullo. Caminó por el pasillo iluminado del hotel. Entró al cuarto y observó sus libros sobre la cama. Los acomodó lentamente sobre el escritorio, tomó un vaso de agua y apagó la luz. El sol se filtraba por el ventanal. Observó el reloj en su buró. Cinco, veintitrés. Stanley suspiró con la frente viendo el techo, la cabeza sobre un cojín y el cuerpo sobre la cama.

Maldito cáncer –dijo, furibundo- seis meses…

Observó las grietas en el techo, como asteroides que se incrustaban en los cielos. Stanley pensaba en todo lo que debía hacer en esos meses.

Mierda.